Domingo 24º Tiempo Ordinario (13 septiembre 2015)

De Corazón a corazón: Is 50,5-9 (“He ofrecido mi espalda a los que me golpeaban”); Sant 2,14-18 (“Si la fe no tiene obras, está muerta en sí misma”); Mc 8,27-35 (“El Hijo del hombre tiene que padecer… morir y resucitar al tercer día”)

Contemplación, vivencia, misión: Es el examen de todas las épocas y en toda situación: “¿Qué dicen… qué decís?” A Jesús le interesa nuestra “opinión”, es decir, nuestra fe. Las modas no tienen valor permanente. Pedro reconoce a Jesús como Mesías, pero tiene la debilidad de no captar el misterio de su cruz. Si no se mira hacia la resurrección, la cruz es un absurdo. A Jesús se le comprende cuando se le ama presente en los hermanos. La fuerza de la resurrección de Jesús transforma todas nuestras cruces en la suya, como aurora de resurrección. “Hay que atreverse a hablar de la integridad de la vida humana, de la necesidad de alentar y conjugar todos los grandes valores” (Laudato si’, n.224).

*El Evangelio en el Corazón de la Madre de Jesús y de la Iglesia: El misterio de Jesús que sufre en todos los hermanos es un misterio permanente. La cruz se se ilumina en la resurrección. “Mirar” al crucificado (Jn 19,37) con este espíritu de fe contemplativa, sólo es posible acompañando a María “de pie junto a la cruz” (In 19,25).

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