Domingo 30º (25 octubre 2015, finaliza Sínodo sobre la Familia)

De Corazón a corazón: Jer 31,7-9 (“El Señor ha librado a su Pueblo, al resto de Israel”); Heb 5,1-6 (“Cristo no se atribuyó la gloria de constituirse sumo sacerdote, sino que la recibió… Tú eres ni Hijo… Tú eres sacerdote para siempre”); Mc 10,46-52 (El ciego de Jericó: “Jesús, Hijo de David, ten compasión de mí… Señor, que vea”).

Contemplación, vivencia, misión: Jesús “hermano”, “esposo”, “sacerdote” (Heb 5), sigue viviendo en sintonía con cada persona y cada familia, se hace encontradizo, ofrece relación amistosa y donación total. Curó a ciegos, paralíticos, leprosos, endemoniados, epilépticos… Entonces fue sólo respecto a unos pocos; pero tanto entonces como ahora, ofrece a todos la verdadera curación: encontrar sentido a la vida, porque hay “alguien” que me acompaña, me ama, me ayuda a mirar a los demás con su misma mirada de donación. Sólo Jesús puede comunicar esta salvación divina. “Una actitud del corazón, que vive todo con serena atención, que sabe estar plenamente presente ante alguien sin estar pensando en lo que viene después, que se entrega a cada momento como don divino que debe ser plenamente vivido” (Laudato si’, n.226). Es así la vida en familia.

*El Evangelio en el Corazón de la Madre de Jesús y de la Iglesia: Desde el seno de María, Jesús asume toda la historia humana y la hace parte de su misma biografía. Participar en el sacerdocio de Jesús, significa vivir esa misma realidad con él y en él. La Virgen María, “de pie junto a la cruz” (Jn 19,25), figura de la Iglesia, llegó a ser la madre más fecunda.

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