Domingo tercero de Cuaresma (28 febrero 2016)

De Corazón a corazón: Ex 3,1-8.13-15 ("La zarza no se consumía"); 1Cor 10,1-6.10-12 ("Todos bebían de la misma bebida espiritual… la roca era Cristo"); Lc 13,1-9 ("Si no os convertís… Un hombre tenía plantada una higuera en su viña, y fue a buscar fruto y no lo encontró")

Contemplación, vivencia, misión: La historia humana es siempre un camino de sorpresas. Dios Amor está presente desde el inicio, como único principio de todo (presencia de inmensidad). En el pueblo escogido quiso hacerse presente de modo especial, dejando entrever su “trascendencia” e intimidad salvífica (“Yo soy”, en la zarza sin consumirse), apuntando hacia su nueva presencia como “Emmanuel”. Pero esta nueva donación de Dios implica nueva “apertura” (“conversión”), descalzarse, desprenderse de los propios esquemas. Siempre ha habido y habrá uvas agraces e higueras estériles. “Sólo en este amor (de Cristo crucificado) está la respuesta a la sed de felicidad y de amor infinitos que el hombre —engañándose— cree poder colmar con los ídolos del saber, del poder y del poseer” (Mensaje Cuaresma 2016).

*Corazón misericordioso de María, memoria de la Iglesia: Hay siempre nuevas gracias de Dios, como latidos de su corazón paterno con ternura de madre, que sigue comunicándose por medio de Jesús su Hijo, concebido por obra del Espíritu en la Virgen Madre (ella es la zarza incombustible que deja ver la trascendencia de Dios cercano y encarnado). La Iglesia es signo sacramental de este amor “transcendente” de Dios.

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