(Retiro V) MISIÓN APOSTÓLICA, EXPRESIÓN DE LA MATERNIDAD DE LA IGLESIA

MISIÓN Y MATERNIDAD DE MISERICORDIA

En la última Cena, Jesús compara la misión apostólica a una maternidad, en el contexto de dolor y gozo (cfr. Jn 16,21: madre que sufre cuando va a dar a luz). El “verdadero gozo pascual” (Presbyterorum Ordinis, n.11) es la fecundidad que deriva de la cruz: “Estáis tristes… se alegrará vuestro corazón” (Jn 16,22).

San Pablo describe también su misión apostólica con términos de maternidad: “¡Hijos míos!, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros” (Gal 4,19). Contexto: maternidad de María (cfr. Gal 4,4), maternidad de la Iglesia (cfr. Gal 4,26). Así se explica el celo apostólico de San Pablo: “Cristo Jesús vino al mundo a salvar a los pecadores; y el  primero de ellos soy yo” (1Tim 1,15). La experiencia de Pablo sobre el Amor, hasta entregarse del todo a él (itinerario de santidad), para hacerle conocer y amar (itinerario de misión): “Me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gal 2,20); “el amor de Cristo nos apremia” (2Cor 5,14); “urge que él reine” (1Cor 15,25).

MATERNIDAD DE LA IGLESIA A IMITACIÓN DE MARÍA

(Santos Padres: Maternidad de María y de la Iglesia) “Por obra del Espíritu Santo nació él (Cristo) de una Virgen, y por obra del mismo Espíritu Santo fecunda también su Iglesia pura, a fin de que, a través del bautismo, dé a luz a una multitud innumerable de hijos de Dios, de quienes está escrito: Éstos no han nacido de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios” (San León Magno, sermón 12). “Aquello que la potencia del Altísimo realizó en María cuando la cubrió con el Espíritu Santo, para que de ella naciera el Salvador, aquello mismo lo realiza en las aguas a fin de que el creyente se regenere” (idem, Sermón 25)

Vaticano II: La misión apostólica (y el ministerio sacerdotal) en relación con la maternidad de María y de la Iglesia (Lumen Gentium, nn.64-65). Contemplando el misterio de María e imitando sus virtudes, la Iglesia “se hace también madre mediante la Palabra de Dios aceptada con fidelidad, pues por la predicación y el bautismo, engendra a una vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por obra del Espíritu Santo y nacidos de Dios” (Lumen Gentium, n. 64).

La Iglesia imita a María, “que engendró a Cristo, concebido del Espíritu Santo y nacido de la Virgen, para que también nazca y crezca por medio de la Iglesia en las almas de los fieles” (LG 65). “María es modelo de aquel amor maternal con que es necesario que estén animados todos aquellos que, en la misión de la Iglesia, cooperan a la regeneración de los hombres” (LG 65; Redemptoris Missio, n.92).

La maternidad de María se actualiza por medio de la acción misionera de la Iglesia, puesto que “encuentra una nueva continuación en la Iglesia y a través de la Iglesia” (Redemptoris Mater, n.24)

La Iglesia aprende de María la propia maternidad; reconoce la dimensión materna de su vocación, unida esencialmente a su naturaleza sacramental… Al igual que María está al servicio del misterio de la encarnación, así la Iglesia permanece al servicio de la adopción de hijos mediante la gracia” (RMa 43).

“Desde hace dos mil años, la Iglesia es la cuna en la que María coloca a Jesús y lo entrega a la adoración y contemplación de todos los pueblos” (Incarnationis Mysterium, n.11).

MISIÓN DE MISERICORDIA, PROFÉTICA, CELEBRATIVA, DIACONAL

“Es menester que la Iglesia de nuestro tiempo adquiera conciencia más honda y concreta de la necesidad de dar testimonio de la misericordia de Dios en toda su misión

La Iglesia debe dar testimonio de la misericordia de Dios revelada en Cristo, en toda su misión de Mesías, profesándola principalmente como verdad salvífica de fe necesaria para una vida coherente con la misma fe, tratando después de introducirla y encarnarla en la vida bien sea de sus fieles, bien sea -en cuanto posible- en la de todos los hombres de buena voluntad” (Dives in Misericordia, cap.VII)

“La Iglesia debe profesar y proclamar la misericordia divina en toda su verdad, la cual nos ha sido transmitida por la revela­ción… La Iglesia profesa la misericordia de Dios; la Iglesia vive de ella en su amplia experiencia de fe y también en sus enseñanzas, contemplando constantemente a Cristo, concentrándose en El, en su vida y en su evangelio, en su cruz y en su resurrección, en su misterio entero” (Dives in Misericordia, n.13)

“Jesucristo ha enseñado que el hombre no sólo recibe y experi­menta la misericordia de Dios, sino que está llamado a «usar misericordia» con los demás: «Bienaventurados los misericordioso, porque ellos alcanzarán misericordia». La Iglesia ve en estas palabras una llamada a la acción y se esfuerza por practicar la misericordia” (Dives in Misericordia, n.14)

“La Iglesia debe considerar como uno de sus deberes principales -en cada etapa de la historia y especialmente en la edad contemporánea- el de proclamar e introducir en la vida el misterio de la misericordia, revelado en sumo grado en Cristo Jesús” (Dives in Misericordia, n.14)

“La Iglesia considera justamente como propio deber, como finalidad de la propia misión, custodiar la autenticidad del perdón, tanto en la vida y en el comportamiento como en la educa­ción y en la pastoral. Ella no la protege de otro modo más que custodiando la fuente, esto es, el misterio de la misericordia de Dios mismo, revelado en Jesucristo” (Dives in Misericordia, n.14)

“Este «sacar de las fuentes del Salvador» no puede ser realizado de otro modo, si no es en el espíritu de aquella pobreza a la que nos ha llamado el Señor con la palabra y el ejemplo: «lo que habéis recibido gratuitamente, dadlo gratuitamente». Así, en todos los caminos de la vida y del ministerio de la Iglesia -a través de la pobreza evangélica de los ministros y dispensadores, y del pueblo entero que da testimonio «de todas las obras del Señor»- se ha manifestado aún mejor el Dios «rico en misericor­dia»” (Dives in Misericordia, n.14)

“Al continuar el gran cometido de actuar el Concilio Vaticano II, en el que podemos ver justamente una nueva fase de la auto­rrealización de la Iglesia -a medida de la época en que nos ha tocado vivir- la Iglesia misma debe guiarse por la plena concien­cia de que en esta obra no le es lícito, en modo alguno, replegar­se sobre sí misma. La razón de su ser (de la Iglesia) es en efecto la de revelar a Dios, esto es, al Padre que nos permite «verlo» en Cristo” (Dives in Misericordia, n.15)

La Iglesia tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio, que por su medio debe alcanzar la mente y el corazón de toda persona… Es determinante para la Iglesia y para la credibilidad de su anuncio que ella viva y testimonie en primera persona la misericordia. Su lenguaje y sus gestos deben transmitir misericordia para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre. La primera verdad de la Iglesia es el amor de Cristo. De este amor, que llega hasta el perdón y al don de sí, la Iglesia se hace sierva y mediadora ante los hombres. Por tanto, donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre” (Misercordiae Vultus, n.12)

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