Domingo de la octava de Pascua (3 abril 2016, Divina Misericordia)

De Corazón a corazón: Hech 5,12-16 (“Solían estar todos con un mismo espíritu”); Apo 1,9-13.17-19 (“Soy el primero y el último, el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo”); Jn 20,19-31 (“Señor mío y Dios mio… Bienaventurados los que no han visto y han creído”)

Contemplación, vivencia, misión: Las dos apariciones en el Cenáculo apuntan al mismo objetivo: creer sin esperar signos especiales. Los signos no serían suficientes, pues es el mismo Jesús quien se manifiesta a quien lo quiere conocer amando. Sólo Jesús puede sanar el corazón y al hombre integral. Él es el inicio y el fin, el único que da sentido a la existencia humana, por haber muerto amando y perdonando, y por haber resucitado. “Muéstrame tu misericordia y dame tu salvación, es decir, dame a Cristo, en quien está tu misericordia” (S. Agustín).

*Corazón misericordioso de María, memoria de la Iglesia: Como “Madre de Misericordia”, María “comparte nuestra condición humana” y “nos alcanza misericordia” (San Juan Pablo II, Veritatis Splendor, nn.118-120). Con ella ora la Iglesia: “¡Dios mío, misericordia mía!” (S. Agustín).

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