Viernes semana tercera Adviento (16 diciembre 2016)

De Corazón a corazón: Is 56,1-3.6-8 (“El Señor Dios reúne a los dispersos de Israel”); Jn 5,33-36 (“Juan era la antorcha que arde y luce… El Padre me ha enviado”)

Contemplación, vivencia, misión: Los “dispersos” de Israel son, para el Señor, sus hijos que sufren en el “exilio”. Dios los atrae a todos para que, una vez reunidos, sean “signo” de amor para todos los pueblos. Juan el Bautista señaló a Jesús como el Mesías ya presente. Pero Jesús es “el enviado” del Padre “no sólo para la nación”, sino para todas las ovejas descarriadas, para “los hijos de Dios que estaban dispersos” (Jn 11,52). “Es él mismo quien nos da palabras de esperanza, porque nada ni nadie podrán jamás separarnos de su amor (cfr. Rom 8,35)” (Misericordia et misera, n.15).

* Con María, “Madre de la Esperanza”, a la sorpresa de Dios Amor: Caminando hacia Belén, María, con Jesús en su seno, repetía su Magníficat: “El Señor acogió a su pueblo, acordándose de su misericordia” (Lc 1,54). Es el himno mariano que canta diariamente la Iglesia en la oración de la tarde, haciéndose eco y prolongación de su maternidad.

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