BAUTISMO DEL SEÑOR (8 enero, domingo II después de Navidad)

De Corazón a corazón: Is 42,1-4.6-7 (“Éste es mi elegido… no apagará la mecha mortecina… Te he destinado a ser luz de las gentes”); Hech 10,34-38 (“A Jesús de Nazaret le ungió con el Espíritu Santo… pasó haciendo el bien”); Mt 3,13-17 (“Éste es mi Hijo amado, en quien me complazco”)

Contemplación, vivencia, misión: Hoy termina el tiempo litúrgico de la Navidad, pero no termina la gracia de la Navidad. Por medio de nuestro bautismo, simbolizado por el de Cristo en el Jordán, el Señor se nos ha dado a sí mismo, para que podamos participar de su misma vida de Hijo de Dios. El Padre ya puede ver en nosotros al mismo Jesús que hace suya nuestra oración y nuestra vida. Nos ha comunicado su mismo Espíritu para ser su fragancia y destello, por una vida que se construye amando. “¿Qué gracia de Dios pudo brillar más intensamente para nosotros que ésta: teniendo un Hijo unigénito, hacerlo hijo del hombre, para, a su vez, hacer al hijo del hombre hijo de Dios?” (San Agustín, Sermón 185).

* Con María, “Madre de la Esperanza”, a la sorpresa de Dios Amor: El camino de la Iglesia es camino de esperanza fecunda: “La Iglesia, contemplando (en María) su arcana santidad e imitando su caridad, y cumpliendo fielmente la voluntad del Padre, también ella es hecha Madre … en efecto, por la predicación y el bautismo engendra para la vida nueva e inmortal a los hijos concebidos por el Espíritu Santo y nacidos de Dios” (LG 64). Donde se celebre hoy la EPIFANÍA: ver texto de este blog, 6 de enero (o en Año Litúrgico)

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