Domingo quinto de Cuaresma, Año A (2 abril 2017)

De Corazón a corazón: Ez 37,12-14 ("Infundiré mi Espíritu en vosotros y viviréis"); Rom 8,8-11 ("El Espíritu de Dios habita en vosotros… los que son guiados por el Espíritu de Dios son de Dios"); Jn 11,1-45 (Muerte y resurrección de Lázaro: "Jesús se echó a llorar… Padre, te doy gracias… Lázaro, sal fuera!")

Contemplación, vivencia, misión: Jesús ha venido para anunciar que nuestra "vida" terrena está orientada a una vida definitiva. El "paso" puede ser el dolor y la muerte, pero el Espíritu Santo, infundido en nuestros corazones, nos hace ya partícipes de la vida divina y dispuestos para una resurrección final. Jesús resucitado constituye las "primicias" (1Cor 15,20). Quiso resucitar a su amigo Lázaro, pero sólo como signo pasajero, porque la vida definitiva no se identifica con nuestra vida mortal. “Las lágrimas han generado esperanza. Y esto nos fácil de entender, pero es verdadero. Tantas veces, en nuestra vida, las lágrimas siembran esperanza, son semillas de esperanza” (Papa Francisco, 4 enero 2017).

* Con la “Madre de la Esperanza”, a la sorpresa de Dios Amor: Jesús se conmovió ante la tumba de su amigo y el dolor de sus hermanas; ya se había conmovido ante las lágrimas de la viuda de Naim cuando llevaban a enterrar a su único hijo. En estas lágrimas y compasión de Jesús se encuadra el encargo dado a su propia madre, dolorosa, “de pie junto a la cruz”: “He aquí a tu hijo” (Jn 19,25-26). Vivimos en la esperanza de que resucitaremos con él.

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