Miércoles en octava de Pascua (19 abril 201)

De Corazón a corazón: Hech 3,1-10 ("No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y camina”); Lc 24,13-35 (“Quédate con nosotros… Nuestro corazón ardía mientras nos hablaba durante el camino”)

Contemplación, vivencia, misión: Todo es posible para quien tiene a Jesús en el centro del corazón. Purificados de toda escoria, podemos vivir en la paz de Cristo y ser anunciadores y comunicadores de su paz. Esa paz da sentido a la vida y sana todos los desequilibrios. No hay ningún ser humano abandonado por Cristo, puesto que Él se hace encontradizo con todos los que buscan la verdad y el bien. El corazón se serena y se revitaliza cuando, acompañados por Cristo Resucitado, se le deja hablar a Él y se comparte su pan (que es Él mismo) con los hermanos. Quien no vive como el “poverello” (San Francisco) no llega a ser “misericordioso”, ni descubre a Jesús caminando a su lado.

* Con la “Madre de la Esperanza”, a la sorpresa de Dios Amor: El Señor quiere encontrar “un corazón bueno” (Lc 8,15) como el suyo (cfr. Mt 11,29) y como el de su Madre, que “meditaba sus palabras en su corazón” (Lc 2,51). Los discípulos de Emaús, superando su propia tristeza, se dejaron sorprender por las palabras de Jesús, le encontraron al “partir el pan” y volvieron al Cenáculo (donde estaba también María).

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