Domingo Tercero de Pascua, Año B (15 abril 2018)

De Corazón a corazón: Hech 3,13-15.17-19 ("Dios lo resuctió de entre los muertos y nosotros somos testigos"); 1Jn 2,1-5 ("Él es víctima de propiciación por nuestros pecados"); Lc 24,35-48 ("Mirad mis manos y mis pies, soy yo mismo")

Contemplación, vivencia, misión: Jesús resucitado sigue haciéndose presente en su “familia” eclesial de hoy para decir: “Soy yo”. Las señales de su presencia son ahora “sacramentales”, signos pobres de Iglesia y del hermano. Son signos manifestativos de su donación total. El corazón y la mente se abren a él cuando se escuchan sus palabras dejándose sorprender por su amor. En su donación sacrificial no hay fronteras; y su donación hace posible la nuestra, convirtiéndola en su misma misión.

* Como la Madre de Jesús, dejarse sorprender y hacer de la vida un “sí”: Ella ofreció el niño en el templo y, junto a la Cruz, “se asoció con corazón maternal a su sacrificio, consintiendo con amor en la inmolación de la víctima engendrada por Ella misma” (Lumen Gentium 58). "La Madre no necesita de muchas palabras, no le hace falta que nos esforcemos demasiado para explicarle lo que nos pasa. Basta musitar una y otra vez: «Dios te salve, María…»” (Papa Francisco, Gaudete et Exsultate, n.176).

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