Martes semana séptima de Pascua (15 mayo 2018)

De Corazón a corazón: Hech 20,17-27 (28) (“Soy prisionero del Espíritu… tened cuidado de la grey… que Dios se adquirió con la sangre de su propio Hijo”);  Jn 17,1-11 (“Yo te he glorificado… los que tú me has dado… son mi gloria (mi reflejo)”)

Contemplación, vivencia, misión: Pablo siguió siempre las inspiraciones del Espíritu Santo, que hace de cada apóstol una transparencia o signo visible de Jesús Resucitado. Las “almas” se conquistan con fidelidad gozosa y generosa al Espíritu de amor. Jesús era siempre guiado por el mismo Espíritu (cfr. Lc 4,1.14.18), que le llenaba de “gozo” por hacer de su vida un “sí, Padre” (Lc 10,21). El Espíritu hace de cada apóstol un reflejo (“gloria”) o signo de Jesús, como complemento suyo, donde el Padre se complace. “Dejemos que el Espíritu Santo nos haga contemplar la historia en la clave de Jesús resucitado. De ese modo la Iglesia, en lugar de estancarse, podrá seguir adelante acogiendo las sorpresas del Señor” (Gaudete et Exsultate, n.139).

*Dejarse sorprender para hacer de la vida un “sí” como la Madre de Jesús: Podemos intuir el “eco” que produjeron las palabras de la oración sacerdotal de Jesús en el Corazón materno de María, a quien el Señor, el día de su Ascensión, había encomendado cuidar de todos sus discípulos y “mecer la cuna de la Iglesia naciente” (Bta. María Inés Teresa Arias).

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