Miércoles semana 18ª Tiempo Ordinario (8 agosto, Sto. Domingo)

De Corazón a corazón: Jer 31,1-7 (“Con amor eterno te he amado”); Mt 15,21-28 (La mujer cananea: “Ten piedad de mí”)

Contemplación, vivencia, misión: Cada ser humano es fruto de un latido del corazón de Dios. En los cargos y servicios que se desempeñan, lo más importante es contagiar a otros del “amor eterno” de Dios para con todos. En este encuentro de la convivencia cotidiana, los demás necesitan ver en nuestro rostro y en nuestra vida un signo de que Dios les ama. Entonces es posible suscitar en todos, también en la gente sencilla, la fe y confianza que conquistó el Corazón de Cristo (como la fe de la cananea). “El santo no gasta sus energías lamentando los errores ajenos, es capaz de hacer silencio ante los defectos de sus hermanos y evita la violencia verbal que arrasa y maltrata, porque no se cree digno de ser duro con los demás, sino que los considera como superiores a uno mismo” (Gaudete et exsultate, n.116)

*Dejarse sorprender para hacer de la vida un “sí” como la Madre de Jesús: Cuando María oyó que Jesús formaba su familia espiritual (“mi madre y mis hermanos”: Mt 12,49), exultó de gozo al constatar que todos podían ser un destello de Jesús: “los que tú me has dado” (Jn 17,6).

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