Domingo 31º Tiempo Ordinario, Año B (4 noviembre 2018)

De Corazón a corazón: Deut 6,2-6 (“Escucha, Israel… Amarás a Señor tu Dios con todo tu corazón”); Heb 7,23-28 (Cristo “posee un sacerdocio… está siempre vivo para interceder… Así es el Sumo Sacerdote que nos convenía… sacrificios… esto lo realizó de una vez para siempre, ofreciéndose a sí mismo”); Mc 12,28-34 (“El segundo mandamiento es: Amarás a tu prójimo como a ti mismo”)

Contemplación, vivencia, misión: Nadie nos ama como Cristo. Él puede hablar de amor porque su vida es expresión del amor del Padre hacia toda la humanidad y hacia cada ser humano en particular. “Sacerdote” significa “mediador” (Dios hecho hombre), que da la propia vida en sacrificio. Por esto su vivencia permanente, como oración al Padre en el Espíritu Santo, es “intercesión” continua por nosotros. La oración de la Iglesia es una prolongación en el tiempo de esta misma oración sacerdotal de Cristo. La historia se construye orando y amando como Cristo y con él. “Así, cada santo es un mensaje que el Espíritu Santo toma de la riqueza de Jesucristo y regala a su pueblo” (Gaudete et exsultate, n.21).

*Dejarse sorprender para hacer de la vida un “sí” como la Madre de Jesús: Los padres (también José y María) enseñaban a sus hijos a aprender de memoria y repetir la “shema”: “Escucha, Israel… amarás”… Quien escucha la Palabra de Dios Amor, que es el mismo Jesús, la deja entrar para que transforme el propio corazón y toda la vida. María siempre se dejó sorprender por Dios porque “ecuchaba” de verdad.

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