Miércoles semana quinta Tiempo Ordinario (13 febrero 2019)

De Corazón a corazón: Gen 2,4-9.15-17 (“El Señor formó al hombre del polvo del suelo… no comerás del árbol de la ciencia del bien y del mal”); Mc 7,14-23 (“Lo que sale del corazón del hombre eso es lo que contamina al hombre”)

Contemplación, vivencia, misión: El “beso” paterno de Dios al ser humano (en el inicio de la creación), que es también de Alianza o pacto esponsal para toda la humanidad, reclama la apertura del corazón a su amor. Venimos de la “nada”; nuestro buen Dios nos ha llamado a la existencia como expresión de su amor. Nuestro “color” (debilidad) sigue siendo el del “barro” (“polvo”), pero el “beso” de Dios nos convirtió en su reflejo. Ya podemos devolver a Dios el mismo amor con que Él nos ama. Pero la condición de nuestro “barro” nos invita a ser humildes (“auténticos”). “Tenemos este tesoro en vasos de barro” (2Cor 4,7). El pecado de Adán y Eva nos ha “tiznado”, pero Cristo nos ha liberado. Si el corazón humano, amasado de barro, no se abre a su amor, entonces se puede originar una “doble” vida, donde Dios sólo queda de adorno pasajero y falaz.

*Creer, esperar y amar, dejarse sorprender como la Madre de Jesús: El corazón es “bueno” (“tierra buena”) y “dichoso” (VDo 124), sólo en la medida en que deja entrar la Palabra de Dios Amor, dejándose sorprender como María, Inmaculada, sin pecado original y sin sus consecuencias (cfr. Lc 2,19.51). “La Virgen lleva a la Iglesia la atmósfera de casa, de una casa habitada por el Dios de la novedad. Acojamos con asombro el misterio de la Madre de Dios” (Papa Francisco, 1.1.2019).

Anuncios

Los comentarios están cerrados.