Lunes semana segunda Tiempo Ordinario (20 enero, S. Sebastián)

De Corazón a corazón: 1Sam 15,16-23 (Saúl reprendido por Samuel: “La obediencia es mejor que el sacrificio”); Mc 2,18-22 (“Vendrán días en que les quiten al esposo, y entonces ayunarán… el vino nuevo se echa en odres nuevos”)

Contemplación, vivencia, misión: “Esposo” equivale a “consorte”, que convive y comparte la misma vida. Así es Jesús, el “Emmanuel”, Dios con nosotros. Cuando ante una catástrofe nos preguntamos “¿dónde está Dios?”, la única respuesta es la que nos da Jesús: “te acompaño”. En el fondo está la cruz, donde también el Padre dice: “Es mi Hijo amado”. Otro modo de vivir la religión, es trampa y cartón, como Saúl, que no quiso “obedecer”, es decir, escuchar la voz del Dios de la Alianza de amor. Adorar y “obedecer” (“escuchar”) a Dios es aceptarle tal como es, como Emmanuel, que comparte “misteriosamente” nuestra misma vida, haciéndola parte de su misma vida. “La Biblia es el libro del pueblo del Señor … La Palabra de Dios une a los creyentes y los convierte en un solo pueblo” (Papa Francisco, Aperuit illis, n.4).

*Discípulos de la Palabra con la Madre de Jesús: “No tienen vino”, había dicho María en las bodas de Caná. Aceptando el mensaje de Jesús (“no ha llegado mi hora”), la vida se renueva de modo inimaginable, como “unidad” fraterna de donación, a la luz de “su hora”, cuando mostrará su “amor hasta el extremo” (Jn 13,1). María es Madre de la unidad eclesial, si la dejamos entrar.

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