Sábado semana séptima de Pascua (19 mayo 2018)

De Corazón a corazón: Hech 28,16-31 (“Por la esperanza de Israel llevo estas cadenas… predicaba con toda valentía”); Jn 21,20-25 (“Tú, sígueme… Su testimonio es verdadero”)

Contemplación Vivencia Misión: La vida de los apóstoles de Cristo (como Pedro, Pablo y Juan) está escrita en el corazón de Dios. No necesitan placas conmemorativas. Pedro siguió al Señor dejándolo todo por Él. Pablo, “encadenado”, daba testimonio de Jesús. Juan nos ha dejado un Evangelio donde siguen palpitando los latidos del Corazón del Señor, auscultados en sintonía con sus amores. Estos testimonios son “verdaderos”, ratificados con una vida de fidelidad al Espíritu de Amor. “Las bienaventuranzas… solo podemos vivirlas si el Espíritu Santo nos invade con toda su potencia y nos libera de la debilidad del egoísmo, de la comodidad, del orgullo” (Gaudete et exsultate, n.65).

*Dejarse sorprender para hacer de la vida un “sí” como la Madre de Jesús: La audacia nace de la humildad y de la verdad de la donación. Se necesita perseverar orando en el “Cenáculo” con María, para hacer de la vida un “sí” materno y fecundo.

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LA VIRGEN MARÍA MADRE DE LA IGLESIA

(Celebración: lunes después de Pentecostés. Esquema de retiro)
Madre nuestra, Madre de la Iglesia:

“Ahí tienes a tu madre” (Jn 19,27). Somos herederos del amor de Cristo hacia su madre, que es también la nuestra. Y aprendemos de ella a ser Iglesia misionera y madre.

“La Virgen María… es verdadera­mente madre de los miembros de Cristo por haber cooperado con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles, que son miembros de aquella Cabeza … a quien (a María) la Iglesia católica, enseñada por el Espíritu Santo, honra con filial afecto de piedad como a Madre amantísima” (Lumen Gentium, n.53).

“Y esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el momento en que prestó fiel asentimiento en la Anunciación, y lo mantuvo sin vacilación al pie de la Cruz, hasta la consumación perfecta de todos los elegidos. Pues una vez recibida en los cielos, no dejó su oficio salvador, sino que continúa alcanzándonos por su múltiple intercesión los dones de la eterna salvación. Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz. Por eso, la Bienaventurada Virgen en la Iglesia es invocada con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora” (Lumen Gentium, n.62)

Ella es “Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los pastores que la llaman Madre amorosa” (Pablo VI, 21.11.64).

“María, solícita guía de la Iglesia naciente, inició la propia misión materna ya en el cenáculo, orando con los Apóstoles en espera de la venida del Espíritu Santo (cfr. Hech 1,14)” (Congregación del Culto, 11.2.18).

La Iglesia la recibe como Madre y como modelo de su propia maternidad:

“Porque en el misterio de la Iglesia que con razón también es llamada madre y virgen, la Bienaventurada Virgen María la prece­dió, mostrando en forma eminente y singular el modelo de la virgen y de la madre… Dio a luz al Hijo a quien Dios constituyó como primogénito entre muchos hermanos (Rom., 8,29), a saber, los fieles a cuya generación y educación coopera con materno amor” (Lumen Gentium, n.63).

“Fue en Pentecostés cuando empezaron “los hechos de los Apóstoles”, como había sido concebido Cristo al venir al Espíritu Santo sobre la Virgen María, y Cristo había sido impulsado a la obra de su ministerio, bajando el mismo Espíritu Santo sobre El mientras oraba” (Ad Gentes, n.4)..

La maternidad de María “encuentra una nueva continuación en la Iglesia y por medio de la Iglesia” (Redemptoris Mater, n.24). Por esto la Iglesia “aprende de María su propia maternidad ministerial”, que “se lleva a cabo no sólo según el modelo y la figura de la Madre de Dios, sino también con su cooperación” (ibídem, nn.43-44).

“La Madre, que estaba junto a la cruz (cf. Jn 19, 25), aceptó el testamento de amor de su Hijo y acogió a todos los hombres, personificados en el discípulo amado, como hijos para regenerar a la vida divina, convirtiéndose en amorosa nodriza de la Iglesia que Cristo ha engendrado en la cruz, entregando el Espíritu … Cristo elige a todos los discípulos como herederos de su amor hacia la Madre, confiándosela para que la recibieran con afecto filial. María, solícita guía de la Iglesia naciente, inició la propia misión materna ya en el cenáculo, orando con los Apóstoles en espera de la venida del Espíritu Santo (cf. Hch 1,14) … El crecimiento de la vida cristiana, debe fundamentarse en el misterio de la Cruz, en la ofrenda de Cristo en el banquete eucarístico, y en la Virgen oferente, Madre del Redentor y de los redimidos” (Decreto Congregación del Culto, 11 febrero 2018).

La espiritualidad misionera de cada época histórica se ha forjado, bajo la acción del Espíritu Santo, “con María la madre de Jesús” (Hech 1,14): “Como madre de todos, es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolores de parto hasta que brote la justicia. Ella es la misionera que se acerca a nosotros para acompañarnos por la vida, abriendo los corazones a la fe con su cariño materno. Como una verdadera madre, ella camina con nosotros, lucha con nosotros, y derrama incesantemente la cercanía del amor de Dios” (Evangelii Gaudium, n.286).

“El pueblo cristiano comprendió desde el inicio que en las dificultades y en las pruebas es necesario acudir a la Madre… No serán las ideas o la tecnología lo que nos dará consuelo y esperanza, sino el rostro de la Madre, sus manos que acarician la vida, su manto que nos protege … La Madre no es algo opcional … es el testamento de Cristo” (Papa Francisco, Sta.María Mayor, 28.1.18).

Viernes semana séptima de Pascua (18 mayo 2018)

De Corazón a corazón: Hech 25,13-21 (“Jesús… de quien Pablo dice que vive”); Jn 21,15-19 (“¿Me amas más?… Apacienta mis ovejas… Sígueme”)

Contemplación, vivencia, misión: Los Apóstoles vivían pendientes de la presencia real de Cristo resucitado. El resumen de la misión de Pablo consiste en decir: “Jesús vive” (cfr. Hech 25,29). Fue la mejor calificación de su examen.  A Jesús se le ama en la medida en que uno se preocupa por hacerle amar. El pasado, que tiene sus luces y sus sombras, queda diluido y transformado en el Corazón de Cristo Amigo. Pedro aprendió que la vida es un examen de amor incondicional para la misión. “Si nos dejamos guiar por el Espíritu más que por nuestros razonamientos, podemos y debemos buscar al Señor en toda vida humana” (Gaudete et exsultate, n.42).

*Dejarse sorprender para hacer de la vida un “sí” como la Madre de Jesús: El examen de amor para la misión recuerda la declaración de amistad mutua en la Última Cena (cfr. Jn 15). Y el último “sígueme” del Evangelio recuerda el “seguimiento” de Cristo que se hizo efectivo después de Caná, “con su Madre” (Jn 2,12).

Jueves semana séptima de Pascua (17 mayo 2018)

De Corazón a corazón: Hech 22,30;23,6-11 (“Se me juzga por esperar la resurrección de los muertos… Has dado testimonio de mí”); Jn 17,20-26 (“Como tú Padre en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea… los has amado como a mi… yo estoy en ellos”)

Contemplación, vivencia, misión: Pablo fue siempre un destello de Cristo Resucitado. Su testimonio dejó huella imborrable. Un corazón unificado en el amor a Cristo y una comunidad unificada con Cristo presente, es la garantía de una fe vivida que no hace rebajas a la entrega. El mandato del amor, puesto en práctica en la fraternidad, es un signo eficaz de santificación y de evangelización. “El Espíritu Santo se manifiesta distinto en cada uno, pero nunca distinto de sí mismo” (San Cirilo de Jerusalén). “Se reparte sin sufrir división” (San Basilio Magno).

*Dejarse sorprender para hacer de la vida un “sí” como la Madre de Jesús: En el Cenáculo, preparando la venida del Espíritu Santo, resonaban en el Corazón de María y de la Iglesia, las palabras de Jesús: "Los has amado como a mi… yo estoy en ellos". Era la explicación del encargo recibido en el Calvario: "He aquí a tu hijo… he aquí a tu Madre".

Miércoles semana séptima de Pascua (16 mayo 2018)

De Corazón a corazón: Hech 20,28-38 (“Os ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios… hay más alegría en dar que en recibir”); Jn 17,11-19 (“Como tú me has enviado… yo también los he enviado… por ellos me santifico – me inmolo- a mí mismo”).

Contemplación, vivencia, misión: La vida de los discípulos y apóstoles de Jesús es de donación plena e incondicional como fue la suya. No existe otra “misión” que la misma que él vivió, amasada de donación y gratuidad, guiada por el Espíritu de amor. “No tengas miedo de apuntar más alto, de dejarte amar y liberar por Dios. No tengas miedo de dejarte guiar por el Espíritu Santo. La santidad no te hace menos humano, porque es el encuentro de tu debilidad con la fuerza de la gracia” (Gaudete et exsultate, n.34).

*Dejarse sorprender para  hacer de la vida un “sí” como la Madre de Jesús: Estos días antes de Pentecostés son días de Cenáculo, en sintonía de oración con María: “En ella, « templo del Espíritu Santo », brilla todo el esplendor de la nueva criatura” (San Juan Pablo II, Vita Consecrata 28).

Martes semana séptima de Pascua (15 mayo 2018)

De Corazón a corazón: Hech 20,17-27 (28) (“Soy prisionero del Espíritu… tened cuidado de la grey… que Dios se adquirió con la sangre de su propio Hijo”);  Jn 17,1-11 (“Yo te he glorificado… los que tú me has dado… son mi gloria (mi reflejo)”)

Contemplación, vivencia, misión: Pablo siguió siempre las inspiraciones del Espíritu Santo, que hace de cada apóstol una transparencia o signo visible de Jesús Resucitado. Las “almas” se conquistan con fidelidad gozosa y generosa al Espíritu de amor. Jesús era siempre guiado por el mismo Espíritu (cfr. Lc 4,1.14.18), que le llenaba de “gozo” por hacer de su vida un “sí, Padre” (Lc 10,21). El Espíritu hace de cada apóstol un reflejo (“gloria”) o signo de Jesús, como complemento suyo, donde el Padre se complace. “Dejemos que el Espíritu Santo nos haga contemplar la historia en la clave de Jesús resucitado. De ese modo la Iglesia, en lugar de estancarse, podrá seguir adelante acogiendo las sorpresas del Señor” (Gaudete et Exsultate, n.139).

*Dejarse sorprender para hacer de la vida un “sí” como la Madre de Jesús: Podemos intuir el “eco” que produjeron las palabras de la oración sacerdotal de Jesús en el Corazón materno de María, a quien el Señor, el día de su Ascensión, había encomendado cuidar de todos sus discípulos y “mecer la cuna de la Iglesia naciente” (Bta. María Inés Teresa Arias).

San Matías Apóstol (lunes 14 mayo 2018)

De Corazón a corazón: Hech 1,15-26 (“Testigo con nosotros de la resurrección… agregado al número de los Doce”); Jn 15,9-17 (“Permaneced en mi amor…vosotros sois mis amigos… yo os he elegido”)

Contemplación, vivencia, misión: Todos participamos de algún modo en la “vocación apostólica”, como seguidores, amigos y testigos de Cristo. La fiesta de un apóstol (como San Matías), elegido en el Cenáculo en la presencia de María, nos recuerda nuestra vocación “apostólica”, y especialmente la vocación de quienes son sucesores de los Apóstoles. La vocación es un don del Señor para el bien de toda la Iglesia y de toda la humanidad; no hay lugar para el egocentrismo. “Nos convoca a compartir la vida de los más necesitados, la vida que llevaron los Apóstoles, y en definitiva a configurarnos con Jesús, que «siendo rico se hizo pobre» (2Cor 8,9)” (Papa Francisco, Gaudete et exsultate, n.70).

*Dejarse sorprender para hacer de la vida un “sí” como la Madre de Jesús: Las tempestades y las penas son providenciales y se pueden cambiar en “gozo pascual” de donación, con la ayuda de María. Ella "os será muy verdadera Madre en todas vuestras necesidades" (San Juan de Ávila, Audi Filia, cap.59). "Cualquiera que a ella llamare, por ella le oirá Dios" (Sermón 62).