Archivo de la categoría: Liturgia

MARIA, MADRE DE LA IGLESIA (21/5/18, lunes después de Pentecostés)

De Corazón a corazón: Gen 3, 9-15.20 (“Madre de todos los vivientes”); /Hech 1, 12-14 (“Perseveraban en la oración, con un mismo espíritu… con María la madre de Jesús”); Jn 19, 25-34 («Mujer, ahí tienes a tu hijo» … «Ahí tienes a tu madre»)

Contemplación, vivencia, misión: Bautizados en Jesús, hemos recibido del Padre el Espíritu Santo para ser “hijos en el Hijo” (Efes 1,5). Somos la comunidad y familia de Jesús, su “Iglesia, su cuerpo y complemento” (Efes 1,22-23), con Jesús “en medio” (Mt 18,20). Y como tales, de él hemos sido confiados al cuidado de su misma madre: “Ahí tienes a tu madre” (Jn 19,27). Somos herederos del amor de Cristo hacia su madre, que es también la nuestra. “María, solícita guía de la Iglesia naciente, inició la propia misión materna ya en el cenáculo, orando con los Apóstoles en espera de la venida del Espíritu Santo (cfr. Hech 1,14)” (Cong. del Culto, 11.2.18). Ella es “Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los pastores que la llaman Madre amorosa” (Pablo VI, 21.11.64). “La Iglesia católica, enseñada por el Espíritu Santo, la honra con filial afecto de piedad como a Madre amantísima” (Lumen Gentium, n.53)

*Dejarse sorprender para hacer de la vida un “sí” como la Madre de Jesús: La misión de la Iglesia consiste en recibir a Jesús y transmitirlo a toda la humanidad. Es misión de “maternidad”, que tiene como punto de referencia a María. La maternidad de María "encuentra una nueva continuación en la Iglesia y por medio de la Iglesia" (Redemptoris Mater, n.24). Por esto la Iglesia “aprende de María su propia maternidad ministerial” (ibídem, nn.43-44). Resumen catequético sobre María Madre de la Iglesia:

https://compartirencristo.files.wordpress.com/2010/09/madre-de-iglesia.doc

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DOMINGO DE PENTECOSTÉS, Año B (20 mayo 2018)

De Corazón a corazón:Hech 2,1-11 (“Todos quedaron llenos del Espíritu Santo… Todos oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios”); Gal 5,16-25 (“Si vivimos según el Espíritu, caminemos según el Espíritu”); Jn 15,26-27 (“El Espíritu Santo… dará testimonio de mí”); 16,12-15 (“Tomará de lo mío y os lo anunciará”)

Contemplación, vivencia, misión: En el cenáculo con María, “todos quedaron llenos del Espíritu Santo” (Hech 2,4). Cada uno tiene carisma y misión diferente; pero todo queda en familia, en “comunión de los santos”, como vasos comunicantes. Lo importante es ser coherentes con los carismas recibidos: vivir, caminar, compartir. Desde el día del bautismo, el Espíritu realiza en nosotros la configuración con Cristo, que debe desarrollarse durante toda la vida: compartir su misma vida y misión. “Pidamos que el Espíritu Santo infunda en nosotros un intenso anhelo de ser santos para la mayor gloria de Dios y alentémonos unos a otros en este intento. Así compartiremos una felicidad que el mundo no nos podrá quitar” (Gaudete et exsultate, n.177).

*Dejarse sorprender para hacer de la vida un “sí” como la Madre de Jesús: Por recibir el Espíritu Santo, la Iglesia se hace madre como María; la Encarnación y Pentecostés se armonizan, desplegando las diversas facetas de la maternidad mariana y eclesial. María "es muy amiga del Espíritu Santo, y Él de ella. En sus entrañas el incomprensible cupo… y esto todo por obra del Espíritu Santo" (S. Juan de Ávila, Sermón 30).

Sábado semana séptima de Pascua (19 mayo 2018)

De Corazón a corazón: Hech 28,16-31 (“Por la esperanza de Israel llevo estas cadenas… predicaba con toda valentía”); Jn 21,20-25 (“Tú, sígueme… Su testimonio es verdadero”)

Contemplación Vivencia Misión: La vida de los apóstoles de Cristo (como Pedro, Pablo y Juan) está escrita en el corazón de Dios. No necesitan placas conmemorativas. Pedro siguió al Señor dejándolo todo por Él. Pablo, “encadenado”, daba testimonio de Jesús. Juan nos ha dejado un Evangelio donde siguen palpitando los latidos del Corazón del Señor, auscultados en sintonía con sus amores. Estos testimonios son “verdaderos”, ratificados con una vida de fidelidad al Espíritu de Amor. “Las bienaventuranzas… solo podemos vivirlas si el Espíritu Santo nos invade con toda su potencia y nos libera de la debilidad del egoísmo, de la comodidad, del orgullo” (Gaudete et exsultate, n.65).

*Dejarse sorprender para hacer de la vida un “sí” como la Madre de Jesús: La audacia nace de la humildad y de la verdad de la donación. Se necesita perseverar orando en el “Cenáculo” con María, para hacer de la vida un “sí” materno y fecundo.

Viernes semana séptima de Pascua (18 mayo 2018)

De Corazón a corazón: Hech 25,13-21 (“Jesús… de quien Pablo dice que vive”); Jn 21,15-19 (“¿Me amas más?… Apacienta mis ovejas… Sígueme”)

Contemplación, vivencia, misión: Los Apóstoles vivían pendientes de la presencia real de Cristo resucitado. El resumen de la misión de Pablo consiste en decir: “Jesús vive” (cfr. Hech 25,29). Fue la mejor calificación de su examen.  A Jesús se le ama en la medida en que uno se preocupa por hacerle amar. El pasado, que tiene sus luces y sus sombras, queda diluido y transformado en el Corazón de Cristo Amigo. Pedro aprendió que la vida es un examen de amor incondicional para la misión. “Si nos dejamos guiar por el Espíritu más que por nuestros razonamientos, podemos y debemos buscar al Señor en toda vida humana” (Gaudete et exsultate, n.42).

*Dejarse sorprender para hacer de la vida un “sí” como la Madre de Jesús: El examen de amor para la misión recuerda la declaración de amistad mutua en la Última Cena (cfr. Jn 15). Y el último “sígueme” del Evangelio recuerda el “seguimiento” de Cristo que se hizo efectivo después de Caná, “con su Madre” (Jn 2,12).

Jueves semana séptima de Pascua (17 mayo 2018)

De Corazón a corazón: Hech 22,30;23,6-11 (“Se me juzga por esperar la resurrección de los muertos… Has dado testimonio de mí”); Jn 17,20-26 (“Como tú Padre en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea… los has amado como a mi… yo estoy en ellos”)

Contemplación, vivencia, misión: Pablo fue siempre un destello de Cristo Resucitado. Su testimonio dejó huella imborrable. Un corazón unificado en el amor a Cristo y una comunidad unificada con Cristo presente, es la garantía de una fe vivida que no hace rebajas a la entrega. El mandato del amor, puesto en práctica en la fraternidad, es un signo eficaz de santificación y de evangelización. “El Espíritu Santo se manifiesta distinto en cada uno, pero nunca distinto de sí mismo” (San Cirilo de Jerusalén). “Se reparte sin sufrir división” (San Basilio Magno).

*Dejarse sorprender para hacer de la vida un “sí” como la Madre de Jesús: En el Cenáculo, preparando la venida del Espíritu Santo, resonaban en el Corazón de María y de la Iglesia, las palabras de Jesús: "Los has amado como a mi… yo estoy en ellos". Era la explicación del encargo recibido en el Calvario: "He aquí a tu hijo… he aquí a tu Madre".

Miércoles semana séptima de Pascua (16 mayo 2018)

De Corazón a corazón: Hech 20,28-38 (“Os ha puesto el Espíritu Santo como vigilantes para pastorear la Iglesia de Dios… hay más alegría en dar que en recibir”); Jn 17,11-19 (“Como tú me has enviado… yo también los he enviado… por ellos me santifico – me inmolo- a mí mismo”).

Contemplación, vivencia, misión: La vida de los discípulos y apóstoles de Jesús es de donación plena e incondicional como fue la suya. No existe otra “misión” que la misma que él vivió, amasada de donación y gratuidad, guiada por el Espíritu de amor. “No tengas miedo de apuntar más alto, de dejarte amar y liberar por Dios. No tengas miedo de dejarte guiar por el Espíritu Santo. La santidad no te hace menos humano, porque es el encuentro de tu debilidad con la fuerza de la gracia” (Gaudete et exsultate, n.34).

*Dejarse sorprender para  hacer de la vida un “sí” como la Madre de Jesús: Estos días antes de Pentecostés son días de Cenáculo, en sintonía de oración con María: “En ella, « templo del Espíritu Santo », brilla todo el esplendor de la nueva criatura” (San Juan Pablo II, Vita Consecrata 28).

Martes semana séptima de Pascua (15 mayo 2018)

De Corazón a corazón: Hech 20,17-27 (28) (“Soy prisionero del Espíritu… tened cuidado de la grey… que Dios se adquirió con la sangre de su propio Hijo”);  Jn 17,1-11 (“Yo te he glorificado… los que tú me has dado… son mi gloria (mi reflejo)”)

Contemplación, vivencia, misión: Pablo siguió siempre las inspiraciones del Espíritu Santo, que hace de cada apóstol una transparencia o signo visible de Jesús Resucitado. Las “almas” se conquistan con fidelidad gozosa y generosa al Espíritu de amor. Jesús era siempre guiado por el mismo Espíritu (cfr. Lc 4,1.14.18), que le llenaba de “gozo” por hacer de su vida un “sí, Padre” (Lc 10,21). El Espíritu hace de cada apóstol un reflejo (“gloria”) o signo de Jesús, como complemento suyo, donde el Padre se complace. “Dejemos que el Espíritu Santo nos haga contemplar la historia en la clave de Jesús resucitado. De ese modo la Iglesia, en lugar de estancarse, podrá seguir adelante acogiendo las sorpresas del Señor” (Gaudete et Exsultate, n.139).

*Dejarse sorprender para hacer de la vida un “sí” como la Madre de Jesús: Podemos intuir el “eco” que produjeron las palabras de la oración sacerdotal de Jesús en el Corazón materno de María, a quien el Señor, el día de su Ascensión, había encomendado cuidar de todos sus discípulos y “mecer la cuna de la Iglesia naciente” (Bta. María Inés Teresa Arias).