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Domingo 25º Tiempo Ordinario, Año A (20 septiembre, mártires coreanos)

De Corazón a corazón: Is 55,6-9 (“Buscad al Señor mientras se deja encontrar… grande en perdonar”); Fil 1,20-27 (“Para mí, la vida es Cristo, y la muerte una ganancia”); Mt 20,1-16 (“Id a mi viña”)

Contemplación, vivencia, misión: A Cristo se le encuentra cercano en la propia realidad, cuando ésta se reconoce y se vive tal como es. “Todo subsiste en él” (Col 1,17). Al experimentar su cercanía y su misericordia, se entra espontáneamente en la “comunión” de Iglesia, como en familia de hermanos donde todos trabajamos para el mismo Señor. El cargo mejor que podemos ocupar, es el de hacer que todos se sientan amados por Cristo y capacitados para amarle y hacerle amar; todo lo demás es secundario. Muchos títulos y calificaciones son baratija, que no cuenta para el Reino de Dios. En la “viña” de la Iglesia, que es la propiedad “esponsal” de Jesús y que debe ser toda la humanidad, hay siempre mucho que hacer; no conviene perder tiempo y cualidades en otros quehaceres.

*Discípulos de la Palabra con la Madre de Jesús: “Mi viña”, “mis hermanos”, “mi Madre”, significa la actitud íntima y relacional de Jesús, ahora presente y familiar en medio de los suyos, haciéndonos partícipes de la ternura materna de su Madre y nuestra. La Iglesia es por naturaleza mariana; por esto es familia misionera.

Sábado semana 24ª Tiempo Ordinario (19 septiembre. S. Jenaro)

De Corazón a corazón: 1Cor 15,35-37.42-49 (“Lo que tú siembras no revive si no muere… así también en la resurrección de los muertos, se siembra corrupción, resucita incorrupción”); Lc 8,4-15 (“Salió un sembrador a sembrar… la semilla es la Palabra de Dios”).

Contemplación, vivencia, misión: El mismo Jesús se comparó a una semilla o granito de trigo que parece morir en el surco (cfr. Jn 12,24). Y él mismo es la Palabra que quiere sembrarse en lo más hondo del corazón, para compartir nuestra misma vida y transformarla en la suya. La vida humana “pasa”, dejando de lado lo que no sirve, porque sólo queda el amor con que se han hecho las cosas. Nuestra fe en Cristo resucitado incluye la esperanza en nuestra propia resurrección final con él. La vida recobra todo su sentido cuando se hace camino de “Pascua”: “Pasar” al más allá, “haciendo el bien” como él (cfr. Hech 10,38). Así lo aconseja San Agustín: “Canta y camina”.

*Discípulos de la Palabra con la Madre de Jesús: “Es necesario mirar allí donde la reciprocidad entre Palabra de Dios y la fe se ha cumplido plenamente, o sea, en María Virgen, que con su sí a la Palabra de la Alianza y a su misión, cumple perfectamente la vocación divina de la humanidad” (Benedicto XVI, Verbum Domini, 27).

Viernes semana 24ª Tiempo Ordinario (18 septiembre 2020)

De Corazón a corazón: 1Cor 15,12-20 (“Si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana… Pero Cristo ha resucitado”); Lc 8,1-3 (“Le acompañaban los Doce y algunas mujeres”)

Contemplación, vivencia, misión: Es inexplicable el fervor de los primeros seguidores de Jesús, si no hubieran tenido una experiencia profunda de su amor peculiar: experimentaron que se da él sin buscarse a sí mismo y ama a cada uno como una fibra de su Corazón. Fue una gracia, un don inmerecido. La historia de la Iglesia, con innumerables santos y mártires, la mayoría desconocidos, no tiene explicación sin la fe en Cristo resucitado presente: “Soy yo” (Lc 24,39), “estaré con vosotros” (Mt 28,20). No hay tempestades ni persecuciones que sean capaces de borrar la huella de esta presencia, como conocimiento de Cristo vivido personalmente.

*Discípulos de la Palabra con la Madre de Jesús: La calidad de vida de un cristiano se mide por su adhesión personal a Cristo y relación íntima con él. Siempre se tiene tiempo para la persona amada y nada se puede anteponer a su amor. Las prisas son auténticas, si son las de ir “aprisa”, como María, impulsada por Jesús en su seno y en su corazón, para ir a servir humildemente en la casa de Isabel.