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EL MODELO DEL SEGUIMIENTO EVANGÉLICO DE LOS APÓSTOLES

PAUTA DE LA VIDA SACERDOTAL EN SAN JUAN DE ÁVILA (Juan Esquerda Bifet, Baeza, 8 mayo 2017)

PRESENTACIÓN: Un reto: En la época de San Juan de Ávila, la Universidad de Baeza era una verdadera escuela de “Vida Apostólica” (cfr. L. Muñoz, Vida, lib.1º, cap.20-21). Las directrices conciliares y postconciliares: Se desea un clero que vida la “caridad pastoral” del Buen Pastor, en la “fraternidad sacramental” de su Presbiterio con el propio Obispo (cfr. PO 8 y documentos postconciliares). Benedicto XVI: “Hace falta sobre todo tener la valentía de proponer a los jóvenes la radicalidad del seguimiento de Cristo, mostrando su atractivo” (Sacramentum caritatis, n.25).

I.-UNA CONSTANTE HISTÓRICA PARA LA RENOVACIÓN SACERDOTAL SEGÚN EL MODELO DE LOS APÓSTOLES

Datos históricos (patrísticos). Comentarios a los textos evangélicos: “Lo hemos dejado todo y te hemos seguido” (Mt 19,27). Vocación (Mt 4,18-19; 10,1-4; Mc 3,13-14; y cada llamada concreta). Seguimiento (Mt 4,20; 19,16-30). Comunión (Lc 10,1; Jn 17,21-23). Misión (Mt 10,5-42; Mc 6,7-13; Lc 9, 1-10 y 10, 1-21). Todos estos aspectos se suelen presentar en torno a la figura del Buen Pastor (Jn 10,1-18; 1Pe 5,1-4), al examen de amor (Jn 15 y 21,15-23) y a la figura de Pablo (en todos sus escritos). Como programa sintético, se remiten al discurso de Pablo a los presbíteros de Éfeso, en Mileto (Hech 20,17-38).

La influencia de San Juan de Ávila en Trento y su significado. Las encíclicas y documentos sacerdotales del siglo XX-XXI. La “Vida Apostólica” se concreta en la “caridad pastoral” como “vínculo de la perfección sacerdotal”(PO 14), que es la “ascesis propia del pastor de almas” (PO 13) y que es “unidad de vida” (PO 13); “representación sacramental de Jesucristo, Cabeza y Pastor” (PDV 15) a modo de “signo sacramental” (PDV 16). “Vivir en el seguimiento de Cristo como los Apóstoles” (PDV 42; cfr. 22). Hacia la “fraternidad sacramental” (PO 8) en el Presbiterio (RF nn.32 y 111).

II.-EL MAESTRO ÁVILA, EXPONENTE DE LA “VIDA APOSTÓLICA”

“Gente imitadora de los Apóstoles” (Carta 191), vida según el “uso de los Apóstoles” (Memorial I, n.16), “retrato de la escuela y colegio apostólico” (Advertencias I para el concilio de Toledo, n.4), “dibujo de los Apóstoles” (ibídem, n.10), etc. Cartas a sacerdotes, pláticas sacerdotales, algunos sermones, Tratado sobre el sacerdocio, Memoriales para el concilio de Trento y Advertencias para el sínodo de Toledo.

Una clave: su enamoramiento de Cristo, al estilo de San Pablo. En realidad, la vocación apostólica incluye el “estar con él” y ser “enviados a evangelizar” (Mc 3,14). En la última cena, Jesús describe esta vocación como “amistad” (Jn 15,14-15), como declaración de amor (Jn 15,9), como partícipes de la misma “misión” de Cristo (Jn 17,18; 20,21). “¡Oh, dichosos pastores que participaren algo de aquesta hambre y sed de salvación de ánimas que tuvo el Señor…)” (Sermón 81, n.5). Tratado del Amor de Dios (la pasión desde los amores de Cristo: cfr. Efes 3,19)

Carta Apostólica de Benedicto XVI: comenta el amor de Cristo (2Cor 5,4). La referencia a Cristo Buen Pastor indica, pues, una exigencia de respuesta al amor de quien ha dado la vida por todos. Por esto:Referencia al Buen Pastor: Plática 7.

III.-LA REALIDAD DE GRACIA DEL PRESBITERIO CON EL PROPIO OBISPO, EXRESIÓN DE LA “VIDA APOSTÓICA”

“Si cabeza y miembros nos juntamos a una en Dios”… (Plática 1ª). “Fraternidad sacramental” en el Presbiterio (PO 8), disponibilidad misionera universal de la Iglesia particular (cfr. Mt 18,20; Jn 13,34-35;17,21-23; Hech 2,42-47; 4,32-34). “Exigencia del sacramento del Orden” (LG 28), “realidad sobrenatural” (PDV 74), “familia sacerdotal” (ChD 28), “lugar privilegiado” (Directorio, n. 36), donde el sacerdote necesita encontrar todos los medios de santificación y de apostolado. Para lograr este objetivo de “vida apostólica” en el Presbiterio, Juan Pablo II pedía en el año 1992 elaborar un “proyecto de vida” (PDV 79; cfr. n. 3). Ratio Fundamentalis Institutionis Sacerdotalis (2016), nn.32 y 111.

CONCLUSIÓN: “Unánimes en oración con María la Madre de Jesús” (Hech 1,14), preparando la venida del Espíritu Santo. “Así estaban los santos Apóstoles del Señor en este santo tiempo; y así, hermanos, es muy gran razón que estemos nosotros, pues somos una cosa con ellos, una Iglesia y una unión en Jesucristo” (Sermón 27, n.4).

Jornada Mundial Vocaciones, Domingo Buen Pastor (7 mayo 2017)

(Mensaje de Papa Francisco, selección)
Empujados por el Espíritu para la Misión
… invitación a «salir de sí mismo», para escuchar la voz del Señor, la importancia de la comunidad eclesial como lugar privilegiado en el que la llamada de Dios nace, se alimenta y se manifiesta.

Quisiera centrarme en la dimensión misionera de la llamada cristiana. Quien se deja atraer por la voz de Dios y se pone en camino para seguir a Jesús, descubre enseguida, dentro de él, un deseo incontenible de llevar la Buena Noticia a los hermanos, a través de la evangelización y el servicio movido por la caridad.

Todos los cristianos han sido constituidos misioneros del Evangelio. El discípulo, en efecto, no recibe el don del amor de Dios como un consuelo privado… simplemente ha sido tocado y trasformado por la alegría de sentirse amado por Dios y no puede guardar esta experiencia solo para sí.

Por eso, el compromiso misionero no es algo que se añade a la vida cristiana, como si fuese un adorno, sino que, por el contrario, está en el corazón mismo de la fe: la relación con el Señor implica ser enviado al mundo como profeta de su palabra y testigo de su amor.

Todo cristiano, en virtud de su Bautismo, es un «cristóforo», es decir, «portador de Cristo» para los hermanos… ¿Qué significa ser misionero del Evangelio? ¿Quién nos da la fuerza y el valor para anunciar? ¿Cuál es la lógica evangélica que inspira la misión? A estos interrogantes podemos responder contemplando tres escenas evangélicas: el comienzo de la misión de Jesús en la sinagoga de Nazaret (cf. Lc 4,16-30), el camino que él hace, ya resucitado, junto a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-35), y por último la parábola de la semilla (cf. Mc 4,26-27).

Jesús es ungido por el Espíritu y enviado. Ser discípulo misionero significa participar activamente en la misión de Cristo (Lc 4,18)… Jesús camina con nosotros…
Si contemplamos a Jesús Resucitado, que camina junto a los discípulos de Emaús (cf. Lc 24,13-15), nuestra confianza puede reavivarse; en esta escena evangélica tenemos una auténtica y propia «liturgia del camino», que precede a la de la Palabra y a la del Pan partido y nos comunica que, en cada uno de nuestros pasos, Jesús está a nuestro lado…

El cristiano no lleva adelante él solo la tarea de la misión, sino que experimenta, también en las fatigas y en las incomprensiones, «que Jesús camina con él, habla con él, respira con él, trabaja con él. Percibe a Jesús vivo con él en medio de la tarea misionera» (Evangelii Gaudium, n.266)

La semilla del Reino, aunque pequeña, invisible y tal vez insignificante, crece silenciosamente gracias a la obra incesante de Dios: «El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra » (Mc 4,26-27). Esta es nuestra principal confianza: Dios supera nuestras expectativas y nos sorprende con su generosidad, haciendo germinar los frutos de nuestro trabajo más allá de lo que se puede esperar de la eficiencia humana.

Nunca podrá haber pastoral vocacional, ni misión cristiana, sin la oración asidua y contemplativa. En este sentido, es necesario alimentar la vida cristiana con la escucha de la Palabra de Dios y, sobre todo, cuidar la relación personal con el Señor en la adoración eucarística, «lugar» privilegiado del encuentro con Dios. Animo con fuerza a vivir esta profunda amistad con el Señor, sobre todo para implorar de Dios nuevas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada.

El Pueblo de Dios necesita ser guiado por pastores que gasten su vida al servicio del Evangelio. Por eso, pido a las comunidades parroquiales, a las asociaciones y a los numerosos grupos de oración presentes en la Iglesia que, frente a la tentación del desánimo, sigan pidiendo al Señor que mande obreros a su mies y nos dé sacerdotes enamorados del Evangelio, que sepan hacerse prójimos de los hermanos y ser, así, signo vivo del amor misericordioso de Dios.

Nuestros jóvenes tienen el deseo de descubrir el atractivo, siempre actual, de la figura de Jesús, de dejarse interrogar y provocar por sus palabras y por sus gestos y, finalmente, de soñar, gracias a él, con una vida plenamente humana, dichosa de gastarse amando.

María Santísima, Madre de nuestro Salvador, tuvo la audacia de abrazar este sueño de Dios, poniendo su juventud y su entusiasmo en sus manos. Que su intercesión nos obtenga su misma apertura de corazón, la disponibilidad para decir nuestro «aquí estoy» a la llamada del Señor y la alegría de ponernos en camino, como ella (cf. Lc 1,39), para anunciarlo al mundo entero.

“LA MIRADA DE MARÍA… ME PONGA JUNTO A SU CORAZÓN”

(Papa Francisco, Jubileo sacerdotal, 2 junio 2016, Sta Mª María Mayor “¡Estamos en su casa!”)

María como recipiente y fuente de misericordia … Ella es el recipiente simple y perfecto, con el cual recibir y repartir la misericordia. Su «sí» libre a la gracia es la imagen opuesta del pecado que llevó al hijo pródigo a la nada. Ella integra una misericordia a la vez muy suya, muy de nuestra alma y muy eclesial. Como dice en el Magnificat: se sabe mirada con bondad en su pequeñez y sabe ver cómo la misericordia de Dios alcanza a todas las generaciones. Ella sabe ver las obras que esa misericordia despliega y se siente «acogida», junto con todo Israel, por esa misericordia. Ella guarda la memoria y la promesa de la misericordia infinita de Dios para con su pueblo. El suyo es el Magnificat de un corazón íntegro, no agujereado, que mira la historia y a cada persona con su misericordia maternal. En aquel rato a solas con María que me regaló el pueblo mexicano, mirando a nuestra Señora la Virgen de Guadalupe y dejándome mirar por ella, le pedí por ustedes, queridos sacerdotes, para que sean buenos curas. Y en el discurso a los obispos les decía que había reflexionado largamente sobre el misterio de la mirada de María, sobre su ternura y su dulzura que nos infunde valor para dejarnos misericordiar por Dios. Quisiera ahora recordarles algunos «modos» de mirar que tiene nuestra Señora, especialmente a sus sacerdotes, porque a través de nosotros quiere mirar a su gente.

María nos mira de modo tal que uno se siente acogido en su regazo. Ella nos enseña que «la única fuerza capaz de conquistar el corazón de los hombres es la ternura de Dios. Aquello que encanta y atrae, aquello que doblega y vence, aquello que abre y desencadena, no es la fuerza de los instrumentos o la dureza de la ley, sino la debilidad omnipotente del amor divino, que es la fuerza irresistible de su dulzura y la promesa irreversible de su misericordia» (Discurso a los obispos de México, 13 febrero 2016). Lo que sus pueblos buscan en los ojos de María es «un regazo en el cual los hombres, siempre huérfanos y desheredados, están en la búsqueda de un resguardo, de un hogar». Y eso tiene que ver con sus modos de mirar: el espacio que abren sus ojos es el de un regazo, no el de un tribunal o el de un consultorio «profesional». Si alguna vez notan que se les ha endurecido la mirada, que cuando ven a la gente sienten fastidio o no sienten nada, vuelvan a mirarla a ella; mírenla con los ojos de los más pequeños de su gente, que mendiga un regazo, y ella les limpiará la mirada de toda «catarata» que no deja ver a Cristo en las almas, les curará toda miopía que vuelve borrosas las necesidades de la gente, que son las del Señor encarnado, y de toda presbicia que se pierde los detalles, «la letra chica» donde se juegan las realidades importantes de la vida de la Iglesia y de la familia.

Otro «modo de mirar de María» tiene que ver con el tejido: María mira «tejiendo», viendo cómo puede combinar para bien todas las cosas que le trae su gente. Les decía a los obispos mexicanos que, «en el manto del alma mexicana, Dios ha tejido, con el hilo de las huellas mestizas de su gente, el rostro de su manifestación en la Morenita» (ibíd.) Un maestro espiritual enseña que lo que se dice de María de manera especial, se dice de la Iglesia de modo universal y de cada alma en particular (cf. Isaac de la Estrella, Sermón 51: PL 194, 1863). Al ver cómo tejió Dios el rostro y la figura de la Guadalupana en la tilma de Juan Diego podemos rezar contemplando cómo teje nuestra alma y la vida de la Iglesia. Dicen que no se puede ver cómo está «pintada» la imagen. Es como si estuviera estampada. Me gusta pensar que el milagro no fue sólo «estampar o pintar la imagen con un pincel», sino que «se recreó el manto entero», se transfiguró de pies a cabeza, y cada hilo ―esos que las mujeres aprenden a tejer desde pequeñas, y para las prendas más finas usan las fibras del corazón del maguey (la penca de la que se sacan los hilos)―, cada hilo que ocupó su lugar fue transfigurado, asumiendo los detalles que brillan en su sitio y, entretejido con los demás, de igual manera transfigurados, hacen aparecer el rostro de nuestra Señora y toda su persona y lo que la rodea.La misericordia hace eso mismo, no nos «pinta» desde fuera una cara de buenos, no nos hace el photoshop, sino que, con los hilos mismos de nuestras miserias y pecados, entretejidos con amor de Padre, nos teje de tal manera que nuestra alma se renueva recuperando su verdadera imagen, la de Jesús. Sean, por tanto, sacerdotes «capaces de imitar esta libertad de Dios eligiendo cuanto es humilde para hacer visible la majestad de su rostro y de copiar esta paciencia divina en tejer, con el hilo fino de la humanidad que encuentren, aquel hombre nuevo que su país espera. No se dejen llevar por la vana búsqueda de cambiar de pueblo, como si el amor de Dios no tuviese bastante fuerza para cambiarlo» (Discurso a los obispos de México, 13 febrero 2016).

El tercer modo es el de la atención: María mira con atención, se vuelca toda y se involucra entera con el que tiene delante, como una madre cuando es todo ojos para su hijito que le cuenta algo. «Como enseña la bella tradición guadalupana, la Morenita custodia las miradas de aquellos que la contemplan, refleja el rostro de aquellos que la encuentran. Es necesario aprender que hay algo de irrepetible en cada uno de aquellos que nos miran en la búsqueda de Dios. Toca a nosotros no volvernos impermeables a tales miradas. Custodiar en nosotros a cada uno de ellos, conservarlos en el corazón, resguardarlos. Sólo una Iglesia capaz de resguardar el rostro de los hombres que van a tocar a su puerta es capaz de hablarles de Dios. Si no desciframos sus sufrimientos, si no nos damos cuenta de sus necesidades, nada podremos ofrecerles. La riqueza que tenemos fluye solamente cuando encontramos la poquedad de aquellos que mendigan, y dicho encuentro se realiza precisamente en nuestro corazón de pastores» (ibíd.). A sus obispos les decía que estén atentos a ustedes, sus sacerdotes, «que no los dejen expuestos a la soledad y al abandono, presa de la mundanidad que devora el corazón» (ibíd.). El mundo nos observa con atención pero para «devorarnos», para volvernos consumidores… Todos necesitamos ser mirados con atención, con interés gratuito, digamos. «Ustedes estén atentos ―les decía a los obispos― y aprendan a leer las miradas de sus sacerdotes, para alegrarse con ellos cuando sientan el gozo de contar cuanto “han hecho y enseñado” (Mc 6,30), y también para no echarse atrás cuando se sienten un poco rebajados y no puedan hacer otra cosa que llorar porque “han negado al Señor” (cf. Lc 22,61-62), y también para sostener […], en comunión con Cristo, cuando alguno, abatido, saldrá con Judas “en la noche” (cf. Jn 13,30). En estas situaciones, que nunca falte la paternidad de ustedes, obispos, para con sus sacerdotes. Animen la comunión entre ellos; hagan perfeccionar sus dones; intégrenlos en las grandes causas, porque el corazón del apóstol no fue hecho para cosas pequeñas» (ibíd.)

Por último, María mira de modo «íntegro», uniendo todo, nuestro pasado, presente y futuro. No tiene una mirada fragmentada: la misericordia sabe ver la totalidad y capta lo más necesario. Como María en Caná, que es capaz de «compadecerse» anticipadamente de lo que acarreará la falta de vino en la fiesta de bodas y pide a Jesús que lo solucione, sin que nadie se dé cuenta, así toda nuestra vida sacerdotal la podemos ver como «anticipada por la misericordia» de María, que previendo nuestras carencias ha provisto todo lo que tenemos. Si algo de «vino bueno» hay en nuestra vida, no es por mérito nuestro sino por su «misericordia anticipada», esa que ya en el Magníficat canta cómo el Señor «miró con bondad su pequeñez» y «se acordó de su (alianza de) misericordia», una «misericordia que se extiende de generación en generación» sobre sus pobres y oprimidos . La lectura que hace María es la de la historia como misericordia.

Podemos terminar rezando la Salve Regina en cuyas invocaciones late el espíritu del Magnificat. Ella es la Madre de la misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra. Sus ojos misericordiosos son los que consideramos el mejor recipiente de la misericordia, en el sentido de poder beber en ellos esa mirada indulgente y buena de la que tenemos sed como sólo se puede tener sed de una mirada. Esos ojos misericordiosos son también los que nos hacen ver las obras de la misericordia de Dios en la historia de los hombres y descubrir a Jesús en sus rostros. En ella encontramos la tierra prometida —el reino de la misericordia instaurado por nuestro Señor― que viene, ya en esta vida, después de cada destierro al que nos arroja el pecado. De su mano y bajo su mirada podemos cantar con alegría las grandezas del Señor. Podemos decirle: Mi alma te canta, Señor, porque miraste con bondad la humildad y pequeñez de tu servidor. Feliz de mí, que he sido perdonado. Tu misericordia, la que practicaste con todos tus santos y con todo tu pueblo fiel, también me ha alcanzado a mí. He andado disperso, buscándome a mí mismo, por la soberbia de mi corazón, pero no he ocupado ningún trono, Señor, y mi única exaltación es que tu Madre me alce a su regazo, me cubra con su manto y me ponga junto a su corazón. Quiero ser amado por ti como uno más de los más humildes de tu pueblo, colmar con tu pan a los que tienen hambre de ti. Acuérdate, Señor, de tu alianza de misericordia con tus hijos, los sacerdotes de tu pueblo. Que con María seamos signo y sacramento de tu misericordia.

 

RENOVACIÓN SACERDOTAL

(Papa Francisco, Discurso a la Conferencia Episcopal Italiana, 16 mayo 2016, selección)

… La renovación del clero— con el propósito de sostener la formación a lo largo de las diversas etapas de la vida, hace que abra con vosotros esta Asamblea con especial felicidad.

… ¿qué hace que su vida tenga sabor? ¿A quién y a qué dedica su servicio? ¿Cuál es la razón última de su entrega?

1.Entonces, ¿qué da sabor a la vida de «nuestro» presbítero?

El secreto de nuestro presbítero —¡vosotros lo sabéis bien!— está en esa zarza ardiente que marca a fuego la existencia, la conquista y la conforma a la de Jesucristo, verdad definitiva de su vida. Es la relación con Él la que lo custodia, haciéndolo ajeno a la mundanidad espiritual que corrompe, así como a cualquier compensación y mezquindad. Es la amistad con su Señor la que lo lleva a abrazar la realidad cotidiana con la confianza de quien cree que la imposibilidad del hombre no es así para Dios.

2.Se vuelve de esta forma más inmediato afrontar también las otras preguntas con las que hemos iniciado. ¿A quién dedica el servicio nuestro presbítero?

… en el encuentro con Jesús has experimentado la plenitud de la vida y, por lo tanto, deseas con todo tu ser que otros se reconozcan en Él y puedan custodiar su amistad, nutrirse de su palabra y celebrarlo en la comunidad.

… Del mismo modo, para un sacerdote es vital sentirse a gusto en el cenáculo del presbiterio.

… Al caminar juntos los presbíteros, de edades y sensibilidades diferentes, se expande un perfume de profecía que sorprende y fascina. La comunión es realmente uno de los nombres de la Misericordia.

3.Por último, nos hemos preguntado cuál es la razón última de la entrega de nuestro presbítero.

… El Reinola visión que tiene Jesús del hombre— es su alegría, el horizonte que le permite relativizar el resto, atemperar preocupaciones y ansiedades, permanecer libre de las ilusiones y del pesimismo; custodiar en el corazón la paz y difundirla con sus gestos, sus palabras y sus actitudes.

Así se delinea, queridos hermanos, la triple pertenencia que nos constituye: pertenencia al Señor, a la Iglesia, al Reino. ¡Este tesoro en vasijas de barro debe ser custodiado y promovido! Asumid plenamente esta responsabilidad, haceos cargo con paciencia y disponibilidad de tiempo, de manos y de corazón.

Rezo con vosotros a la Santa Virgen, para que su intercesión os mantenga acogedores y fieles. Que junto con vuestros presbíteros podáis completar el camino, el servicio que se os ha confiado y con el que participáis en el misterio de la Madre Iglesia. Gracias.

 

Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote (jueves después de Pentecostés)

De Corazón a corazón: Is 52,13-53,12 (“Fue traspasado por nuestros pecados”) / Heb 10,12-23 (“Tenemos un Sumo Sacerdote”); Sal 39 (“Aquí estoy para hacer tu voluntad”); Lc 22,14-20 (“Copa de la Nueva Alianza, sellada con mi sangre”)

Contemplación, vivencia, misión: Desde el seno de María (“vengo para hacer tu voluntad”) hasta la cruz (“en tus manos, Padre”) y ahora en el seno del Padre, Jesús asume la historia humana como parte de su misma historia. Es el único “Mediador” como Dios hecho hombre, único Salvador. Su oblación consiste en un “sí” a los planes de Dios sobre la humanidad. Así ha sellado definitivamente con su sangre  (vida donada en plenitud) el “pacto de amor” (Alianza).

*Corazón misericordioso de María, memoria de la Iglesia: Participamos de su mismo sacerdocio (por el bautismo, confirmación, Orden) y hacemos de nuestra vida un “sí” como el de María, “Madre del Sumo y Eterno Sacerdote” (Presbyterorum Ordinis, n.18). Nos pide unirnos a su oblación: “por ellos yo me inmolo” (Jn 17,19). María es “Pastora, no jornalera que buscase su propio interese, pues que amaba tanto a las ovejas que, después de haber dado por la vida de ellas la vida de su amantísimo Hijo, diera de muy buena gana su vida propia, si necesidad de ella tuvieran (S. Juan de Ávila, Sermón 70, n.38)

Mensaje del Papa Francisco, Jornada Mundial Vocaciones, Buen Pastor 17 abril 2016

(Selección de frases) En la Bula de convocatoria del Jubileo Extraordinario de la Misericordia recordaba las palabras de san Beda el Venerable referentes a la vocación de san Mateo: misereando atque eligendo (Misericordiae vultus, 8).

Toda vocación en la Iglesia tiene su origen en la mirada compasiva de Jesús. Conversión y vocación son como las dos caras de una sola moneda y se implican mutuamente a lo largo de la vida del discípulo misionero.

La llamada de Dios se realiza por medio de la mediación comunitaria. Dios nos llama a pertenecer a la Iglesia y, después de madurar en su seno, nos concede una vocación específica.

El camino vocacional se hace al lado de otros hermanos y hermanas que el Señor nos regala: es una con-vocación.

La vocación nace en la Iglesia. Desde el nacimiento de una vocación es necesario un adecuado «sentido» de Iglesia.

Nadie es llamado exclusivamente para una región, ni para un grupo o movimiento eclesial, sino al servicio de la Iglesia y del mundo. Un signo claro de la autenticidad de un carisma es su eclesialidad, su capacidad para integrarse armónicamente en la vida del santo Pueblo fiel de Dios para el bien de todos (Evangelii Gaudium, 130).

La vocación crece en la Iglesia. Durante el proceso formativo, los candidatos a las distintas vocaciones necesitan conocer mejor la comunidad eclesial, superando las percepciones limitadas que todos tenemos al principio.

La vocación está sostenida por la Iglesia. Después del compromiso definitivo, el camino vocacional en la Iglesia no termina, continúa en la disponibilidad para el servicio, en la perseverancia y en la formación permanente. Quien ha consagrado su vida al Señor está dispuesto a servir a la Iglesia donde esta le necesite.

Entre los agentes pastorales tienen una importancia especial los sacerdotes. A través de su ministerio se hace presente la palabra de Jesús que ha declarado: Yo soy la puerta de las ovejas… Yo soy el buen pastor (Jn 10, 7.11). El cuidado pastoral de las vocaciones es una parte fundamental de su ministerio pastoral. Los sacerdotes acompañan a quienes están en buscan de la propia vocación y a los que ya han entregado su vida al servicio de Dios y de la comunidad.

Todos los fieles están llamados a tomar conciencia del dinamismo eclesial de la vocación, para que las comunidades de fe lleguen a ser, a ejemplo de la Virgen María, seno materno que acoge el don del Espíritu Santo (cfr. Lc 1,35-38).

La maternidad de la Iglesia se expresa a través de la oración perseverante por las vocaciones, de su acción educativa y del acompañamiento que brinda a quienes perciben la llamada de Dios.

Que María, Madre y educadora de Jesús, interceda por cada una de las comunidades cristianas, para que, hechas fecundas por el Espíritu Santo, sean fuente de auténticas vocaciones al servicio del pueblo santo de Dios.