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LA VIRGEN MARÍA MADRE DE LA IGLESIA. Meditación

CELEBRACIÓN: Lunes después de Pentecostés: Gen 3, 9-15.20 (“Madre de todos los vivientes”); Hch 1, 12-14 (“Perseveraban en la oración, con un mismo espíritu… con María la madre de Jesús”); Jn 19, 25-34 («Mujer, ahí tienes a tu hijo» … «Ahí tienes a tu madre»). Meditación (retiro):

*MADRE NUESTRA, MADRE DE LA IGLESIA:

Somos herederos del amor de Cristo hacia su madre, que es también la nuestra. Y aprendemos de ella a ser Iglesia misionera y madre: “Ahí tienes a tu madre” (Jn 19,27). Ella es “Madre de la Iglesia, es decir, Madre de todo el pueblo de Dios, tanto de los fieles como de los pastores que la llaman Madre amorosa” (Pablo VI, 21.11.64).

 “La Virgen María… es verdadera­mente madre de los miembros de Cristo por haber cooperado con su amor a que naciesen en la Iglesia los fieles, que son miembros de aquella Cabeza … a quien (a María) la Iglesia católica, enseñada por el Espíritu Santo, honra con filial afecto de piedad como a Madre amantísima” (Lumen Gentium, n.53).

*MATERNIDAD PERMANENTE:

La misión materna de María continúa durante toda la historia. Se actualiza en cada persona y comunidad. Ella sigue mirando, acogiendo, acompañando, como Madre del “Jesús total”:

Y esta maternidad de María perdura sin cesar en la economía de la gracia, desde el momento en que prestó fiel asentimiento en la Anunciación, y lo mantuvo sin vacilación al pie de la Cruz, hasta la consumación perfecta de todos los elegidos. Pues una vez recibida en los cielos, no dejó su oficio salvador, sino que continúa alcanzándonos por su múltiple intercesión los dones de la eterna salvación. Con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo, que peregrinan y se debaten entre peligros y angustias y luchan contra el pecado hasta que sean llevados a la patria feliz. Por eso, la Bienaventurada Virgen en la Iglesia es invocada con los títulos de Abogada, Auxiliadora, Socorro, Mediadora” (Lumen Gentium, n.62)

*SENTIDO DE LA CELEBRACIÓN LITÚRGICA:

La comunidad eclesial (y cada creyente) vive orando en sintonía con la Madre de Jesús, en cada momento histórico de nuevas gracias del Espíritu Sato:

“La Madre, que estaba junto a la cruz (cf. Jn 19, 25), aceptó el testamento de amor de su Hijo y acogió a todos los hombres, personificados en el discípulo amado, como hijos para regenerar a la vida divina, convirtiéndose en amorosa nodriza de la Iglesia que Cristo ha engendrado en la cruz, entregando el Espíritu … Cristo elige a todos los discípulos como herederos de su amor hacia la Madre, confiándosela para que la recibieran con afecto filial. María, solícita guía de la Iglesia naciente, inició la propia misión materna ya en el cenáculo, orando con los Apóstoles en espera de la venida del Espíritu Santo (cf. Hch 1,14) … El crecimiento de la vida cristiana, debe fundamentarse en el misterio de la Cruz, en la ofrenda de Cristo en el banquete eucarístico, y en la Virgen oferente, Madre del Redentor y de los redimidos” (Decreto Congregación del Culto, 11 febrero 2018).

*LA IGLESIA LA RECIBE COMO MADRE Y MODELO DE SU PROPIA MATERNIDAD:

La Iglesia recibe nuevas gracias del Espíritu Santo para avanzar en la perfección de la caridad (santidad) y en el proceso de comunicar Cristo al mundo (misión). La maternidad de María “encuentra una nueva continuación en la Iglesia y por medio de la Iglesia” (Redemptoris Mater, n.24). Por esto la Iglesia “aprende de María su propia maternidad ministerial”, que “se lleva a cabo no sólo según el modelo y la figura de la Madre de Dios, sino también con su cooperación” (ibídem, nn.43-44):

Porque en el misterio de la Iglesia que con razón también es llamada madre y virgen, la Bienaventurada Virgen María la prece­dió, mostrando en forma eminente y singular el modelo de la virgen y de la madre… Dio a luz al Hijo a quien Dios constituyó como primogénito entre muchos hermanos (Rom., 8,29), a saber, los fieles a cuya generación y educación coopera con materno amor” (Lumen Gentium, n.63)“Fue en Pentecostés cuando empezaron “los hechos de los Apóstoles”, como había sido concebido Cristo al venir al Espíritu Santo sobre la Virgen María, y Cristo había sido impulsado a la obra de su ministerio, bajando el mismo Espíritu Santo sobre El mientras oraba” (Ad Gentes, n.4)

*LA ESPIRITUALIDAD MISIONERA de cada época histórica se ha forjado, bajo la acción del Espíritu Santo, “con María la madre de Jesús” (Hch 1,14):

María es la que sabe transformar una cueva de animales en la casa de Jesús, con unos pobres pañales y una montaña de ternura … Como madre de todos, es signo de esperanza para los pueblos que sufren dolores de parto hasta que brote la justicia. Ella es la misionera que se acerca a nosotros para acompañarnos por la vida, abriendo los corazones a la fe con su cariño materno. Como una verdadera madre, ella camina con nosotros, lucha con nosotros, y derrama incesantemente la cercanía del amor de Dios” (Evangelii Gaudium, n.286).

GLOBALIZACIÓN, SANTIDAD Y MISIÓN en tiempo de pandemia

Invitación de Papa Francisco, después del Ángelus, 22 marzo 2020: A todos los cristianos, de todas las Iglesias y comunidades, para el día 25 (Anunciación), a mediodía, para recitar el “Padre nuestro” todos a la vez, con vistas a pedir el cese de la pandemia. Lo motiva así:  “Que en el día en que muchos cristianos recordamos el anuncio a la Virgen María de la Encarnación del Verbo, pueda el Señor escuchar nuestra oración unánime de todos sus discípulos que se preparan a celebrar la victoria de Cristo Resucitado”.

Siempre ha habido momentos difíciles en la historia: Estáse ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo… y ¿hemos de gastar tiempo en cosas que por ventura, si Dios nos la diese, tendríamos un alma menos en el cielo?… No es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia” (Santa Teresa, Camino de perfección, cap.1, n.5)

La clave de la historia es el misterio de Cristo, Verbo Encarnado: “El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado … Cristo… manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación… El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre… Nacido de la Virgen María, se hizo verdadera­mente uno de los nuestros, semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado” (Gaudium e Spes, n.22).

El anuncio de Evangelio hoy: En la realidad histórica actual, el creyente y el apóstol en concreto, descubre nuevas posibilidades de vivir y anunciar a Cristo. Son los nuevos retos o “areópagos” de hoy. Hay situaciones de pobreza e injusticia, en un contexto de globalización e intercambio de áreas culturales. “El primer areópago del tiempo moderno es el mundo de la comunicación, que está unificando a la humanidad y transformándola —como suele decirse— en una « aldea global »” (S. Juan Pablo II, Redemptoris Missio, n.37). Todo ello influye especialmente en la juventud, la familia, el trabajo, la dignidad de la mujer, el valor de la vida humana…

La mirada del apóstol es la de Jesús: “Nuestro tiempo es dramático y al mismo tiempo fascinador. Mientras por un lado los hombres dan la impresión de ir detrás de la prosperidad material y de sumergirse cada vez más en el materialismo consumístico, por otro, manifiestan la angustiosa búsqueda de sentido, la necesidad de interioridad , el deseo de aprender nuevas formas y modos de concentración y de oración… se busca la dimensión espiritual de la vida como antídoto a la deshumanización… La Iglesia tiene un inmenso patrimonio espiritual para ofrecer a la humanidad: en Cristo, que se proclama « el Camino, la Verdad y la Vida » (Jn 14, 6). Es la vía cristiana para el encuentro con Dios, para la oración, la ascesis, el descubrimiento del sentido de la vida. También éste es un areópago que hay que evangelizar” (S. Juan Pablo II, Redemptoris Missio, n.38).

Urgencia de santidad y misión en tiempo de pandemia: Por primera vez en la historia, un proceso acelerado de “globalización” (también como noticiero total e inmediato), ha puesto a toda la humanidad en vilo y sintiendo la necesidad de ayudarse. Si se trata de una “pandemia” (año 2020), no es como tantas veces en la historia pasada; ahora se convierte de modo inédito, en una noticia vivida y seguida por todos, en la sorpresa del día a día; es la primera vez que una pandemia se hace noticia en el fenómeno de la globalización. Se toma conciencia de que se trata de la suerte de toda la humanidad. Estamos en la misma barca de un minúsculo planeta en la inmensidad inabarcable del cosmos.

Y ahora es el momento en que se mira al Cristianismo con un corazón más dispuesto a recibir la sorpresa de las bienaventuranzas y del mandato del amor. Estamos, pues, en tiempos de “esperanza gozosa” (Rom 12,12), es decir, momentos en que el cristiano (y especialmente el apóstol) tiene que presentar el testimonio del “verdadero gozo pascual” (Presbyterorum Ordinis, n.11). El verdadero apóstol de Cristo sabe atestiguar que siempre se puede hacer lo mejor: hacer de la vida una donación. Es el proyecto de Dios concebido en su corazón de Padre.

 

EL SEGUIMIENTO EVANGÉLICO DE LOS APÓSTOLES: COMPARTIR LA VIDA Y MISIÓN DE CRISTO

(Con ocasión de la fiesta de la Presentación de la Santísima Virgen, 21 noviembre).
Fiesta entrañable de muchos santos sacerdotes, especialmente a partir de la escuela francesa de espiritualidad sacerdotal (siglo XVII), que, continuando la obra sacerdotal de San Juan de Ávila, suscitó un gran resurgir espiritual y apostólico en toda la Iglesia. Es una entrega sacerdotal al estilo de María siempre Virgen: nosotros somos “los amigos del Esposo” (sentido de la castidad evangélica, celibato sacerdotal).

La presencia activa y materna de María desde el primer encuentro con Cristo: “En Caná de Galilea … Jesús manifestó su gloria, y creyeron en él sus discípulos. Después bajó a Cafarnaúm con su madre … y sus discípulos” (Jn 2,11-12). “Ahí tienes a tu madre… el discípulo la recibió como algo propio” (Jn 19,27). “Perseveraban unánimes en oración –en sintonía- … con María la Madre de Jesús” (Hech 1,14) (La Virgen del “sí” de fidelidad virginal, del “magníficat” misionero, del “meditar en el corazón” contemplativo, del “estar de pie junto a la cruz” como oblación y amor de totalidad, del Cenáculo de Pentecostés esperando activamente al Espíritu Santo que hace a la Iglesia misionera y madre como María)

Seguimiento evangélico de amistad y totalidad en la entrega: “Se quedaron con él” (Jn 2,39). “Llamó a los que quiso… para que estuvieran con él” (Mc 3,13-14). “Dejándolo todo, le siguieron” (Lc 5,11); “a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6,68); “lo hemos dejado todo y te hemos seguido” (Mt 19,27).

(Experiencia renovada de encuentro que dio sentido a la vida. Ser signo, memoria y visibilidad de cómo ama Él: dándose a sí mismo – pobreza -, según el proyecto del Padre –obediencia -, como esposo enamorado que da la vida por la esposa, por la Iglesia y la humanidad – castidad-).

Compartir su misma “suerte”, sentido “esponsal”, compartir sus amores:

“Los amigos del Esposo” (Mt 9,15). “Podéis beber el cáliz que yo he de beber?” (Mc 10,38). “Permaneced en mi amor… mi gozo en vosotros… dar la vida… vosotros sois mis amigos” (Jn 15,9-14). “Haced esto en memoria mía… el cáliz de la Alianza en mi sangre” (Lc 22,19-20). “Padre … los que tú me has dado… he sido glorificado en ellos…  como tú me enviaste, yo los envío… por ellos me ofrezco… los has amado como a mí… yo estoy en ellos” (Jn 17,1-26). “Como el Padre me envió, así yo os envío” (Jn 20,21).

(Misión, compartir y comunicar sus amores: que el Padre sea conocido y amado, vivir en Cristo guiados por el Espíritu Santo, que en todo corazón humano y en toda comunidad humana resuene el “Padre nuestro” – orar como Jesús -, las “bienaventuranzas” – vivir como Jesús -, el “mandato del amor” – amar virginalmente como Jesús – porque nada ni nadie puede suplir a Jesús).

Para promover las vocaciones, presentar “el verdadero gozo pascual” por parte de quien es signo del modo de amar del Buen Pastor:

Gozo que nace de la profunda amistad con Cristo, y es fuente de vocaciones: “Ante todo, preocúpense los presbíteros de exponer a los fieles, por el ministerio de la palabra y con el propio testimonio de la vida, que manifieste abiertamente el espíritu de servicio y el verdadero gozo pascual, la excelencia y necesidad del sacerdo­cio” (Presbyterorum Ordinis, n.11).

“Hace falta sobre todo tener la valentía de proponer a los jóvenes la radicalidad del seguimiento de Cristo, mostrando su atractivo” (Sacramentum Caritatis, n.25). “En muchos lugares escasean las vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Frecuentemente esto se debe a la ausencia en las comunidades de un fervor apostólico contagioso, lo cual no entusiasma ni suscita atractivo. Donde hay vida, fervor, ganas de llevar a Cristo a los demás, surgen vocaciones genuinas” (Evangelii Gaudium, n.107).

“El sacerdote está llamado a ser imagen viva de Jesucristo Esposo de la Iglesia… está llamado a revivir en su vida espiritual el amor de Cristo Esposo con la Iglesia esposa … y, por eso, ser capaz de amar a la gente con un corazón nuevo, grande y puro, con auténtica renuncia de sí mismo, con entrega total, continua y fiel, y a la vez con una especie de «celo» divino (cf. 2 Cor 11, 2), con una ternura que incluso asume matices del cariño materno, capaz de hacerse cargo de los «dolores de parto» hasta que «Cristo sea formado» en los fieles (cf. Gál 4, 19)” (Pastores dabo vobis, n.22).

SAN BERNARDO (selección de enseñanzas)

(Anunciación):  “Mira que el ángel aguarda tu respuesta… de tu palabra depende el consuelo de los miserables y la redención de los cautivos… la salvación finalmente de todos los hijos de Adán, de todo tu linaje. Da pronto tu respuesta… responde una palabra y recibe al que es la Palabra … emite una palabra fugaz y acoge en tu seno a la Palabra eterna. ¿Por qué tardas? ¿Qué recelas? Cree, di que sí y recibe. Que tu humildad se revista de audacia… Abre, Virgen dichosa, el corazón a la fe, los labios al consentimiento, las castas entrañas al  Creador. Mira que el deseado de todas las naciones está llamando a tu puerta… Levántate, corre, abre. Levántate por la fe, corre por la devoción, abre por el consentimiento. «Aquí está – dice la Virgen – la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra»” (In laudibus Virginis Matris, Homilía IV, 8-9).

(La Iglesia y los pobres): “Os amé cuando erais pobre; igualmente os he de amar hecho padre de los pobres y de los ricos. Porque bien lo conozco, no por haber sido hecho padre de los pobres dejáis de ser pobre de espíritu” (sobre la consideración, al Papa Eugenio III, que había sido su hijo espiritual).

(Injusticias, Iglesia y pobres): “El fraude, el engaño, la violencia, han extendido su poder sobre la tierra. Los calumniadores son muchos, los defensores de la inocencia, raros; en todas partes los poderosos oprimen a los pobres” (ibídem).

(Humildad): “No tengáis negligencia en investigar lo que os falta, ni vergüenza en confesarlo… Esta es la ciencia de los santos; dista mucho de aquella que infla” (ibídem).

( Encarnación, misterio de Cristo y misterio del hombre): “¿Por ventura la naturaleza no asoció, en la persona del hombre, a un barro vil el aliento de la vida? ¿Por ventura  no unió el Autor de la naturaleza al Verbo y al barro en la persona de sí mismo? De esta suerte, tomad el modelo así de la composición de nuestro origen como del misterio de la redención, para que, sentado tan alto, no os lleven el gusto las cosas altas, sino que sintáis humildemente de vos y sepáis concordar con los humildes” (ibídem).

(Evangelizar): “Evangelizar es apacentar. Haced la obra propia de un evangelista y habréis cumplido con el cargo de apóstol” (ibídem).

(Amar al Amor): “¿Qué hay tan amable como el amor mismo, que hace que améis y por el que sois amado? … dilatad vuestro amor hasta los enemigos, y habréis llegado hasta la latitud… ¿Quién arde en fervor sino quien medita la caridad de Dios?” (ibídem).

(Ser amados y amar): “A mí, ciertamente, tanto más me intima la fe que le ame cuanto por ella entiendo que le debo estimar más que a mí mismo, puesto que no sólo me ha dado lo que soy, sino que también me da dado a sí mismo” (Tratado del amor de Dios).

(Buscar y encontrar a Dios): “Bueno eres, Señor, para el alma que te busca; ¿qué será para la que te halla? Pero la maravilla en esto es e no te puede buscar sino el que antes te haya encontrado. Quieres, pues, ser hallado para que te busquen, ser buscado para que te hallen” (ibídem).

(Conversión, experiencia de misericordia y amor): “Señor Jesús… Tú me diste sentir, desde los comienzos de mi conversión, tu misericordia, cuando sumida aún mi alma en el polvo, en besando las venerables huellas de tus plantas, me perdonaste los deslices de mi pasada vida; después, al ir progresando en virtud, alegraste el alma de tu siervo concediéndole la inmerecida gracia de poder besar tu mano a fin de vivir más santamente. ¿Qué falta, ¡oh Señor bueno!, sino que te dignes admitirme al dulce beso de tu divina boca, en la plenitud de tu luz y en el fervor del espíritu, colmándome de alegría con tu rostro?” (Sermones sobre los Cantares).

 

NUEVO PENTECOSTÉS, “CONSAGRACIÓN” Y “MISIÓN”

EL ESPÍRITU SANTO EN LA IGLESIA REUNIDA CON LA MADRE DE JESÚS

*(Despedida de Benedicto XVI) “La Iglesia vive, crece y se despierta en las almas, que —como la Virgen María— acogen la Palabra de Dios y la conciben por obra del Espíritu Santo; ofrecen a Dios la propia carne y, precisamente en su pobreza y humildad, se hacen capaces de generar a Cristo hoy en el mundo” (Discurso 28 febrero 201)

*(Trasfondo patrístico e histórico) “Por obra del Espíritu Santo nació él de una Virgen, y por obra del mismo Espíritu Santo fecunda también su Iglesia pura, a fin de que, a través del bautismo, dé a luz a una multitud innumerable de hijos de Dios” (San León Magno, Sermón 12). “Te pido, Virgen Santa, que yo reciba a Jesús de aquel mismo Espíritu Santo por el que tú has concebido a Jesús” (San Ildefonso de Toledo, De virginitate V.M., cap. XII). “Nosotros renacemos de la fuente bautismal como hijos de Dios y cuerpo suyo en virtud de aquel mismo Espíritu del que nació el Hijo del hombre, como cabeza nuestra, del seno de la Virgen” (Isaac de Stella, Sermón 42)

*(Trasfondo paulino) “Al llegar la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer … para que recibiéramos la filiación adoptiva … ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!” (Gal 4,4-6). “Sois, por medio de mi ministerio, una carta de Cristo… escrita por el Espíritu Santo” (2Cor 3,3). Pablo “encadenado por el Espíritu” (Hech 20,23). “No extingáis el Espíritu” (1Tes 5,19)

*(Un nuevo Pentecostés permanente) “Fue en Pentecostés cuando empezaron “los hechos de los Apóstoles“, como había sido concebido Cristo al venir al Espíritu Santo sobre la Virgen María, y Cristo había sido impulsado a la obra de su ministerio, bajando el mismo Espíritu Santo sobre El mientras oraba” (Ad Gentes, n.4). “Vemos a los Apóstoles antes del día de Pentecostés ‘perseverar unánimemente en la oración con las muje­res, y María la Madre de Jesús y los hermanos de Este’ (Hech, 1,14); y a María implorando con sus ruegos el don del Espíritu Santo, quien ya la había cubierto con su sombra en la Anunciación” (Lumen Gentium, n.59; cfr. n. 4)

“En la mañana de Pentecos­tés ella presidió con su oración el comienzo de la evangelización bajo el influjo del Espíritu Santo. Sea ella la estrella de la evangelización siempre renovada que la Iglesia, dócil al mandato del Señor, debe promover y realizar, sobre todo en estos tiempos difíciles y llenos de esperanza” (Pablo VI, Evangelii Nuntiandi, n.82). “Los Apóstoles, con la venida del Espíritu Santo, se sintieron idóneos para realizar la misión que se les había confiado” (Juan Pablo II, Dominum et Vivificantem, n.25). “María acoge, con su nueva maternidad en el Espíritu, a todos y a cada uno en la Iglesia, acoge también a todos y a cada uno por medio de la Iglesia” (ibid., n.47)

“Veo amanecer una nueva época… plena docilidad al Espíritu… dejarse plasmar interiormente por él, para hacerse cada vez más semejantes a Cristo” (Juan Pablo II, Redemptoris Missio, n.87). “Como los Apóstoles después de la Ascensión de Cristo, la Iglesia debe reunirse en el Cenáculo con «María, la madre de Jesús» (Act 1, 14), para implorar el Espíritu y obtener fuerza y valor para cumplir el mandato misionero. También nosotros, mucho más que los Apóstoles, tenemos necesidad de ser transformados y guiados por el Espíritu” (ibid., n.92)

“En el momento de Pentecostés, serán los discípulos los que se agrupen en torno a ella en espera del Espíritu Santo (cf. Hch 1, 14)” (Benedicto XVI, Deus Caritas est, n. 41). “Estuviste en la comunidad de los creyentes que en los días después de la Ascensión oraban unánimes en espera del don del Espíritu Santo (cf. Hch 1,14), que recibieron el día de Pentecostés” (Spe Salvi, n.50)

“El Espíritu desciende sobre los Doce, reunidos en oración con María el día de Pentecostés (cf. 2,1-4), y les anima a la misión de anunciar a todos los pueblos la Buena Nueva” (Benedicto XVI, Verbum Domini, n.15). “Cuanto más sepamos ponernos a disposición de la Palabra divina, tanto más podremos constatar que el misterio de Pentecostés está vivo también hoy en la Iglesia de Dios. El Espíritu del Señor sigue derramando sus dones sobre la Iglesia para que seamos guiados a la verdad plena, desvelándonos el sentido de las Escrituras y haciéndonos anunciadores creíbles de la Palabra de salvación en el mundo” (ibid., n.123). “Con fe, María saboreó los frutos de la resurrección de Jesús y, guardando todos los recuerdos en su corazón (cf. Lc 2, 19.51), los transmitió a los Doce, reunidos con ella en el Cenáculo para recibir el Espíritu Santo ” (Porta Fidei, n.13)

“Con el Espíritu Santo, en medio del pueblo siempre está María. Ella reunía a los discípulos para invocarlo (Hech 1,14), y así hizo posible la explosión misionera que se produjo en Pentecostés. Ella es la Madre de la Iglesia evangelizadora y sin ella no terminamos de comprender el espíritu de la nueva evangelización” (Evangelii Gaudium, n.284). “Jesucristo, Pastor y obispo de nuestras almas, nos invita a la plegaria unánime a ejemplo de María y los Apóstoles, en la espera de un nuevo Pentecostés” (Prefacio Ascensión)

* “Consagración”, fidelidad y discernimiento del Espíritu. “Consagrarse” al Espíritu Santo: toda la Iglesia se deja “sorprender”, “consagrar”, en Cristo “ungido – consagrado – … enviado para evangelizar a los pobres” (Lc 4,18). Fidelidad: Presencia, luz, acción santificadora y misionera (Jn  7, 37-38; 14-16). Discernimiento: “Desierto” (humildad), “pobres” (caridad), “gozo”  (Lc 4,1.18; 10,21). “Discernimiento de espíritus (1Cor 12,10; cfr. 1Jn 4,1). “Guiados por el Espíritu” (Rom 8,14). Paradigma (Cristo): “Ungido por el Espíritu, pasó haciendo el bien” (Hech 10,38). “Carismas” del Espíritu Santo hoy en la Iglesia (liturgia renovada, santos, magisterio, carismas fundacionales, comunidades, movimientos, escritos … en “comunión”). Consagrase al Espíritu Santo: decidirse, con su gracia, a ser santo y apóstol, ser Iglesia transparente y portadora de Jesús = Seguir “el llamado a la santidad” (Gaudete et exsultate, cap.I)

(VIº) MADRE QUE CUSTODIA EN SILENCIO LAS PALABRAS DE JESÚS EN SU CORAZÓN

(Homilía 1 enero 2018, Maternidad divina, Basílica San Pedro)

Madre de Dios es el título más importante de la Virgen … Ya no existe Dios sin el hombre: la carne que Jesús tomó de su Madre es suya también ahora y lo será para siempre. Decir Madre de Dios nos recuerda esto: Dios se ha hecho cercano con la humanidad como un niño a su madre que lo lleva en el seno.

La palabra madre (mater) hace referencia también a la palabra materia. En su Madre, el Dios del cielo, el Dios infinito se ha hecho pequeño, se ha hecho materia, para estar no solamente con nosotros, sino también para ser como nosotros. He aquí el milagro, he aquí la novedad: el hombre ya no está solo; ya no es huérfano, sino que es hijo para siempre. El año se abre con esta novedad. Y nosotros la proclamamos diciendo: ¡Madre de Dios! Es el gozo de saber que nuestra soledad ha sido derrotada. Es la belleza de sabernos hijos amados, de conocer que no nos podrán quitar jamás esta infancia nuestra. Es reconocerse en el Dios frágil y niño que está en los brazos de su Madre y ver que para el Señor la humanidad es preciosa y sagrada.

«Custodiaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón» (Lc 2,19). Custodiaba. Simplemente custodiaba. María no habla: el Evangelio no nos menciona ni tan siquiera una sola palabra suya en todo el relato de la Navidad. También en esto la Madre está unida al Hijo: Jesús es infante, es decir «sin palabra». Él, el Verbo, la Palabra de Dios que «muchas veces y en diversos modos en los tiempos antiguos había hablado» (Heb 1,1), ahora, en la «plenitud de los tiempos» (Ga 4,4), está mudo. El Dios ante el cual se guarda silencio es un niño que no habla. Su majestad es sin palabras, su misterio de amor se revela en la pequeñez. Esta pequeñez silenciosa es el lenguaje de su realeza.

La Madre se asocia al Hijo y custodia en el silencio. Y el silencio nos dice que también nosotros, si queremos custodiarnos, tenemos necesidad de silencio. Tenemos necesidad de permanecer en silencio mirando el pesebre. Porque delante del pesebre nos descubrimos amados, saboreamos el sentido genuino de la vida. Y contemplando en silencio, dejamos que Jesús nos hable al corazón: que su pequeñez desarme nuestra soberbia, que su pobreza desconcierte nuestra fastuosidad, que su ternura sacuda nuestro corazón insensible. Reservar cada día un momento de silencio con Dios es custodiar nuestra alma; es custodiar nuestra libertad frente a las banalidades corrosivas del consumo y la ruidosa confusión de la publicidad, frente a la abundancia de palabras vacías y las olas impetuosas de las murmuraciones y quejas.

El Evangelio sigue diciendo que María custodiaba todas estas cosas, meditándolas. ¿Cuáles eran estas cosas? Eran gozos y dolores: por una parte, el nacimiento de Jesús, el amor de José, la visita de los pastores, aquella noche luminosa. Pero por otra parte: el futuro incierto, la falta de un hogar, «porque para ellos no había sitio en la posada» (Lc 2,7), la desolación del rechazo, la desilusión de ver nacer a Jesús en un establo. Esperanzas y angustias, luz y tiniebla: todas estas cosas poblaban el corazón de María. Y ella, ¿qué hizo? Las meditaba, es decir las repasaba con Dios en su corazón. No se guardó nada para sí misma, no ocultó nada en la soledad ni lo ahogó en la amargura, sino que todo lo llevó a Dios. Así custodió. Confiando se custodia: no dejando que la vida caiga presa del miedo, del desconsuelo o de la superstición, no cerrándose o tratando de olvidar, sino haciendo de toda ocasión un diálogo con Dios. Y Dios que se preocupa de nosotros, viene a habitar nuestras vidas.

Este es el secreto de la Madre de Dios: custodiar en el silencio y llevar a Dios. Y como concluye el Evangelio, todo esto sucedía en su corazón. El corazón invita a mirar al centro de la persona, de los afectos, de la vida … Aquí está hoy, frente a nosotros, el punto de partida: la Madre de Dios … Para recomenzar, contemplemos a la Madre. En su corazón palpita el corazón de la Iglesia. La fiesta de hoy nos dice que para ir hacia delante es necesario volver de nuevo al pesebre, a la Madre que lleva en sus brazos a Dios.

Para que la fe no se reduzca sólo a ser idea o doctrina, todos necesitamos tener un corazón de madre, que sepa custodiar la ternura de Dios y escuchar los latidos del hombre. Que la Madre, que es el sello especial de Dios sobre la humanidad, custodie este año y traiga la paz de su Hijo a los corazones, nuestros corazones, y al mundo entero. Y como niños, sencillamente, os invito a saludarla hoy con el saludo de los cristianos de Éfeso, ante sus obispos: «¡Santa Madre de Dios!».

*Ver texto completo: http://w2.vatican.va/content/francesco/es/homilies/2018/documents/papa-francesco_20180101_omelia-giornata-mondiale-pace.html * Ver todos los esquemas en: https://compartirencristo.files.wordpress.com/2019/02/papa-francisco-marc3ada-esquemas-1.doc

 

(Vº) ENCONTRARSE CON SU MIRADA QUE ESCUCHA, PROTEGE Y CUSTODIA

(Homilía 1 enero 2017, Maternidad divina, Basílica San Pedro)

María es la mujer que sabe conservar, es decir proteger, custodiar en su corazón el paso de Dios en la vida de su Pueblo. Desde sus entrañas aprendió a escuchar el latir del corazón de su Hijo y eso le enseñó, a lo largo de toda su vida, a descubrir el palpitar de Dios en la historia. Aprendió a ser madre y, en ese aprendizaje, le regaló a Jesús la hermosa experiencia de saberse Hijo. En María, el Verbo Eterno no sólo se hizo carne sino que aprendió a reconocer la ternura maternal de Dios. Con María, el Niño-Dios aprendió a escuchar los anhelos, las angustias, los gozos y las esperanzas del Pueblo de la promesa. Con ella se descubrió a sí mismo Hijo del santo Pueblo fiel de Dios.

En los evangelios María aparece como mujer de pocas palabras, sin grandes discursos ni protagonismos pero con una mirada atenta que sabe custodiar la vida y la misión de su Hijo y, por tanto, de todo lo amado por Él. Ha sabido custodiar los albores de la primera comunidad cristiana, y así aprendió a ser madre de una multitud. Ella se ha acercado en las situaciones más diversas para sembrar esperanza. Acompañó las cruces cargadas en el silencio del corazón de sus hijos … Donde hay madre, hay ternura … somos un pueblo con Madre, no somos huérfanos … Donde está la madre hay unidad, hay pertenencia, pertenencia de hijos.

Comenzar el año haciendo memoria de la bondad de Dios en el rostro maternal de María, en el rostro maternal de la Iglesia, en los rostros de nuestras madres, nos protege de la corrosiva enfermedad de «la orfandad espiritual», esa orfandad que vive el alma cuando se siente sin madre y le falta la ternura de Dios. Esa orfandad que vivimos cuando se nos va apagando el sentido de pertenencia a una familia, a un pueblo, a una tierra, a nuestro Dios … Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios nos vuelve a dibujar en el rostro la sonrisa de sentirnos pueblo, de sentir que nos pertenecemos; de saber que solamente dentro de una comunidad, de una familia … Celebrar la fiesta de la Santa Madre de Dios nos recuerda que no somos mercancía intercambiable o terminales receptoras de información.

Somos hijos, somos familia, somos Pueblo de Dios …  Queremos encontrarnos con su mirada maternal. Esa mirada que nos libra de la orfandad; esa mirada que nos recuerda que somos hermanos: que yo te pertenezco, que tú me perteneces, que somos de la misma carne. Esa mirada que nos enseña que tenemos que aprender a cuidar la vida de la misma manera y con la misma ternura con la que ella la ha cuidado: sembrando esperanza, sembrando pertenencia, sembrando fraternidad. Celebrar a la Santa Madre de Dios nos recuerda que tenemos Madre; no somos huérfanos, tenemos una Madre.

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