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ESPERANZA, experiencia, y testimonio de MISERICORDIA

“Cristo, nuestra Esperanza” (1Tim 1,1). “Jesucristo ayer, hoy y siempre” (Heb 13,8). (Ayer, hoy, hacia el futuro): “El tiempo (de las promesas) se ha cumplido, el reino de Dios está cerca, cambiad el corazón y creed en el Evangelio” (Mc 1,15). Fe cristiana como adhesión personal a Cristo y respuesta a su llamada. Fe y discernimiento vocacional (Sínodo 2018, juventud). Camino mariano de las JMJ (2017-2019)

Del gozo de la misericordia, a la vivencia misionera como testigos de la esperanza: “La MISERICORDIA no puede ser un paréntesis en la vida de la Iglesia, sino que constituye su misma existencia, que manifiesta y hace tangible la verdad profunda del Evangelio. Todo se revela en la misericordia; todo se resuelve en el amor misericordioso del Padre” (Misericordia et misera, n.1). “No nos dejemos robar nunca la ESPERANZA que proviene de la fe en el Señor resucitado” (ibid. n.13)

1:Esperanza, experiencia gozosa de la Misericordia:

Jesucristo “ayer” en nuestra historia: Alegría, gratitud, disponibilidad, dejarse sorprender…

“La miseria del pecado ha sido revestida por la misericordia del amor” (Misericordia et misera, n.1). “La MISERICORDIA suscita alegría porque el corazón se abre a la ESPERANZA de una vida nueva. La alegría del perdón es difícil de expresar, pero se trasparenta en nosotros cada vez que la experimentamos. En su origen (del perdón) está el amor con el cual Dios viene a nuestro encuentro, rompiendo el círculo del egoísmo que nos envuelve, para hacernos también a nosotros instrumentos de misericordia” (ibid., n. 3)

Con María: “Confiemos en su ayuda materna y sigamos su constante indicación de volver los ojos a Jesús, rostro radiante de la misericordia de Dios” (Papa Francisco, Misericordia et misera, n.22)

2:Esperanza, vivencia confiada de la Misericordia:

Jesucristo “hoy” en nuestra realidad de aquí y ahora: confianza, intimidad, camina con nosotros (“contemporáneo”)

“Experimentar la MISERICORDIA produce alegría. No permitamos que las aflicciones y preocupaciones nos la quiten; que permanezca bien arraigada en nuestro corazón y nos ayude a mirar siempre con serenidad la vida cotidiana” (Misericordia et misera, n. 3). “Es él mismo quien nos da palabras de ESPERANZA, porque nada ni nadie podrán jamás separarnos de su amor (cfr. Rom 8,35)” (ibid., n. 15).

Con María: “Que los ojos misericordiosos de la Santa Madre de Dios estén siempre vueltos hacia nosotros” (Papa Francisco, Misericordia et misera, n.22)

3:Esperanza, testimonio misionero de la Misericordia:

Jesucristo “siempre” en nuestro caminar histórico: fidelidad, generosidad, compartir.

“Mirar el futuro con ESPERANZA y a estar lista para encaminar nuevamente su vida; de ahora en adelante, si lo querrá, podrá «caminar en la caridad» (cfr. Ef 5,2). Una vez que hemos sido revestidos de MISERICORDIA, aunque permanezca la condición de debilidad por el pecado, esta debilidad es superada por el amor que permite mirar más allá y vivir de otra manera” (Misericordia et misera, n.1). “Se necesitan TESTIGOS de la esperanza y de la verdadera alegría para deshacer las quimeras que prometen una felicidad fácil con paraísos artificiales. El vacío profundo de muchos puede ser colmado por la ESPERANZA que llevamos en el corazón y por la alegría que brota de ella. Hay mucha necesidad de reconocer la alegría que se revela en el corazón que ha sido tocado por la MISERICORDIA” (ibid., n.3). “Que llegue una palabra de esperanza a cuantos sufren y padecen” (ibid., n.13).

Con María: “Ella es la primera en abrir camino y nos acompaña cuando damos testimonio del amor. La MADRE DE MISERICORDIA acoge a todos bajo la protección de su manto, tal y como el arte la ha representado a menudo” (Papa Francisco, Misericordia et misera, n.22)

4:Camino de fe, esperanza y caridad (temas de JMJ), con María:

(Año 2017, mirada al pasado) “el Todopoderoso ha hecho en mí maravillas” (Lc 1,49); (año 2018, mirada al presente) “no temas, María, porque has hallado gracia delante de Dios” (Lc 1,30); (año 2019, mirada al futuro) “he aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (Lc 1,38).

Con la herencia mariana del Jubileo de la Misericordia, para vivirla y compartirla: “La dulzura de su mirada nos acompañe … para que todos podamos redescubrir la alegría de la ternura de Dios… Custodió en su corazón la divina misericordia en perfecta sintonía con su Hijo Jesús. Su canto de alabanza, en el umbral de la casa de Isabel, estuvo dedicado a la misericordia que se extiende « de generación en generación» (Lc 1,50). También nosotros estábamos presentes en aquellas palabras proféticas de la Virgen María… Al pie de la cruz, María junto con Juan, el discípulo del amor, es testigo de las palabras de perdón que salen de la boca de Jesús. El perdón supremo ofrecido a quien lo ha crucificado nos muestra hasta dónde puede llegar la misericordia de Dios. María atestigua que la misericordia del Hijo de Dios no conoce límites y alcanza a todos sin excluir ninguno. Dirijamos a ella la antigua y siempre nueva oración del Salve Regina, para que nunca se canse de volver a nosotros sus ojos misericordiosos y nos haga dignos de contemplar el rostro de la misericordia, su Hijo Jesús” (Misericordiae Vultus, n.24).

Su presencia activa y materna en nuestro camino de oración, vocación, santidad, fraternidad y misión.

MARÍA en la Const. Apost. VULTUM DEI QUAERERE

Sobre la vida contemplativa femenina (Papa Francisco)

(Ejemplo de María contemplativa)

10.A lo largo de los siglos, la Iglesia nos ha mostrado siempre a María como summa contemplatrix. De la anunciación a la resurrección, pasando por la peregrinación de la fe culminada a los pies de la cruz, María queda en contemplación del Misterio que la habita. En María vislumbramos el camino místico de la persona consagrada, establecida en la humilde sabiduría que gusta el misterio del cumplimiento último. A ejemplo de la Virgen Madre, el contemplativo es la persona centrada en Dios, es aquel para quien Dios es el unum necessarium (cf. Lc 10,42), ante el cual todo cobra su verdadero sentido, porque se mira con nuevos ojos. …

(Las vibraciones del Verbo y la voz del Espíritu)

11.Contemplar, pues, es tener en Cristo Jesús, que tiene el rostro dirigido constantemente hacia el Padre (cf. Jn 1,18), una mirada transfigurada por la acción del Espíritu, mirada en la que florece el asombro por Dios y por sus maravillas; es tener una mente limpia en la que resuenan las vibraciones del Verbo y la voz del Espíritu como soplo de brisa suave (cf. 1 R 19,12).

(Contemplara Cristo siguiendo el modelo de María)

16… La contemplación de Cristo encuentra su modelo insuperable en la Virgen María. El rostro del Hijo le pertenece por título singular. Madre y Maestra de la perfecta conformación con el Hijo, con su presencia ejemplar y maternal, es de gran apoyo en la cotidiana fidelidad a la oración (cf. Hch 1,14) peculiarmente filial.

(En el silencio de María)

33… (el silencio) Que en esto os sea de ejemplo el silencio de María Santísima, que pudo acoger la Palabra porque era mujer de silencio: no un silencio estéril, vacío; por el contrario, un silencio lleno, rico. Y el de la Virgen María es también un silencio rico de caridad, que se dispone para acoger al Otro y a los otros.

(Prolongar el misterio de María virgen, esposa y madre)

37… Vivid, pues, en profunda comunión con la Iglesia para ser en ella viva prolongación del misterio de María virgen, esposa y madre, que acoge y guarda la Palabra para devolverla al mundo, contribuyendo así a que Cristo nazca y crezca en el corazón de los hombres sedientos, aunque a menudo de manera inconsciente, de Aquel que es «camino, verdad y vida» (Jn 14,6). Al igual que María, sed también vosotras «escalera» por la que Dios baja para encontrar al hombre y el hombre sube para encontrar a Dios y contemplar su rostro en el rostro de Cristo.

Presentación de la Virgen María (21 noviembre 2016, “pro orantibus”)

De Corazón a corazón: “Grita de gozo y regocíjate, hija de Sión, pues he aquí que yo vengo a morar dentro de ti” (Zac 2,14); “Escucha, hija, mira y pon atento oído” (Sal 45,11-12); “Estos son mi madre y mis hermanos. Pues todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mt 12,49-50).

Contemplación, vivencia, misión: El primer momento de la existencia de María fue “lleno de gracia” (Inmaculada). El primer momento “consciente” fue también totalmente para Dios. Así preparó su “fiat”, para recibir al Verbo antes en su Corazón que en su seno. Recibió a Dios Amor y se hizo templo del Amor para todos. Su “sí” es el nuestro, el único que da sentido gozoso a la vida. Los años de infancia de María (prescindiendo de sus circunstancias concretas), fueron el ensayo de un “sí” de donación total (repitiendo la “shemá” y la respuesta a la Alianza). Jesús nos la dio como Madre, tal como era.

*Corazón misericordioso de María, memoria de la Iglesia: Para María y para la Iglesia, “contemplar es tener en Cristo Jesús, que tiene el rostro dirigido constantemente hacia el Padre (cfr. Jn 1,18), una mirada transfigurada por la acción del Espíritu, mirada en la que florece el asombro por Dios y por sus maravillas; es tener una mente limpia en la que resuenan las vibraciones del Verbo y la voz del Espíritu” (Vultum Dei quaerere, n.11). (Ver lunes semana 34ª TO en Año Litúrgico del blog)

ROSARIO: CAMINO DE CONTEMPLACIÓN, PERFECCIÓN, MISIÓN

“Dios ha mirado la nada de su sierva” (Lc 1,48). “Haced lo que él os diga” (Jn 2,3.5).

– “El salterio de la Virgen” (Pablo VI, Marialis Cultus 48). Contemplar los misterios de Cristo, con y como María. Camino de contemplación, perfección y misión en la comunión. “El compendio de todo el Evangelio” (Pio XII, Paolo VI). “Concentra en sí la profundidad de todo el mensaje evangélico, del cual es como un compendio. En él resuena la oración de María, su perenne Magníficat” (Juan Pablo II, Rosarium Virginis Mariae 1)

“Redescubrir el valor de la oración del Rosario como camino para un encuentro personal con Cristo” (Benedicto XVI, 6 octubre 2010).

Relacionarse con ella: «¡Mujer, ahí tienes a tu hijo!… ¡Ahí tienes a tu Madre!» (Jn 19, 26-27)

CAMINO DE CONTEMPLACIÓN

“Atesorar” en el corazón como María (Lc 2,19.51). Aprender a “admirar”: Lc 1,29; 2,33

– “Pasan ante los ojos del alma los episodios principales de la vida de Jesucristo… y nos ponen en comunión vital con Jesús a través –podríamos decir– del Corazón de su Madre… De este modo la sencilla plegaria del Rosario sintoniza con el ritmo de la vida humana” (RVM 2).

– “El Rosario, comprendido en su pleno significado, conduce al corazón mismo del vida cristiana y ofrece una oportunidad ordinaria y fecunda espiritual y pedagógica, para la contemplación personal, la formación del Pueblo de Dios y la nueva evangelización … Recitar el Rosario, en efecto, es en realidad contemplar con María el rostro de Cristo” (RVM 3).

CAMINO DE PERFECCIÓN

Lc 1,38: “Sí”. Silencio de donación (cfr. Jn 19,25-27: Madre, al pie de la Cruz).

“Mi madre y mis hermanos son quienes escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lc 8,21).

– “Una oración de gran significado, destinada a producir frutos de santidad” (RVM 1).
-“El Magníficat —un retrato de su alma, por decirlo así— está completamente tejido por los hilos tomados de la Sagrada Escritura, de la Palabra de Dios. Así se pone de relieve que la Palabra de Dios es verdaderamente su propia casa, de la cual sale y entra con toda naturalidad. Habla y piensa con la Palabra de Dios; la Palabra de Dios se convierte en palabra suya, y su palabra nace de la Palabra de Dios. Así se pone de manifiesto, además, que sus pensamientos están en sintonía con el pensamiento de Dios, que su querer es un querer con Dios. Al estar íntimamente penetrada por la Palabra de Dios, puede convertirse en madre de la Palabra encarnada” (Benedicto XVI, Deus Caritas est 41)

CAMINO DE MISIÓN EN COMUNIÓN FRATERNA

María fue “aprisa” a servir en la casa de Isabel (Lc 1,39; cfr. Hech 1,14: Cenáculo misionero).

– “María propone continuamente a los creyentes los ‘misterios’ de su Hijo, con el deseo de que sean contemplados, para que puedan derramar toda su fuerza salvadora. Cuando recita el Rosario, la comunidad cristiana está en sintonía con el recuerdo y con la mirada de María” (RVM 11).

-«Magníficat» (Lc 1, 46)… “expresa todo el programa de su vida: no ponerse a sí misma en el centro, sino dejar espacio a Dios, a quien encuentra tanto en la oración como en el servicio al prójimo; sólo entonces el mundo se hace bueno” (Benedicto XVI, DCe 41)
Tiene una “aptitud para desarrollar una oración contemplativa” y una “connatural eficacia para promover la vida cristiana y el empeño apostólico” (Pablo VI, Marialis Cultus, 42).

-“Pienso en la fe firme de esas madres al pie del lecho del hijo enfermo que se aferran a un rosario … para pedir ayuda a María, o en esas miradas de amor entrañable al Cristo crucificado” (Papa Francisco, Evangelii Gaudium, n.125).

“LA MIRADA DE MARÍA… ME PONGA JUNTO A SU CORAZÓN”

(Papa Francisco, Jubileo sacerdotal, 2 junio 2016, Sta Mª María Mayor “¡Estamos en su casa!”)

María como recipiente y fuente de misericordia … Ella es el recipiente simple y perfecto, con el cual recibir y repartir la misericordia. Su «sí» libre a la gracia es la imagen opuesta del pecado que llevó al hijo pródigo a la nada. Ella integra una misericordia a la vez muy suya, muy de nuestra alma y muy eclesial. Como dice en el Magnificat: se sabe mirada con bondad en su pequeñez y sabe ver cómo la misericordia de Dios alcanza a todas las generaciones. Ella sabe ver las obras que esa misericordia despliega y se siente «acogida», junto con todo Israel, por esa misericordia. Ella guarda la memoria y la promesa de la misericordia infinita de Dios para con su pueblo. El suyo es el Magnificat de un corazón íntegro, no agujereado, que mira la historia y a cada persona con su misericordia maternal. En aquel rato a solas con María que me regaló el pueblo mexicano, mirando a nuestra Señora la Virgen de Guadalupe y dejándome mirar por ella, le pedí por ustedes, queridos sacerdotes, para que sean buenos curas. Y en el discurso a los obispos les decía que había reflexionado largamente sobre el misterio de la mirada de María, sobre su ternura y su dulzura que nos infunde valor para dejarnos misericordiar por Dios. Quisiera ahora recordarles algunos «modos» de mirar que tiene nuestra Señora, especialmente a sus sacerdotes, porque a través de nosotros quiere mirar a su gente.

María nos mira de modo tal que uno se siente acogido en su regazo. Ella nos enseña que «la única fuerza capaz de conquistar el corazón de los hombres es la ternura de Dios. Aquello que encanta y atrae, aquello que doblega y vence, aquello que abre y desencadena, no es la fuerza de los instrumentos o la dureza de la ley, sino la debilidad omnipotente del amor divino, que es la fuerza irresistible de su dulzura y la promesa irreversible de su misericordia» (Discurso a los obispos de México, 13 febrero 2016). Lo que sus pueblos buscan en los ojos de María es «un regazo en el cual los hombres, siempre huérfanos y desheredados, están en la búsqueda de un resguardo, de un hogar». Y eso tiene que ver con sus modos de mirar: el espacio que abren sus ojos es el de un regazo, no el de un tribunal o el de un consultorio «profesional». Si alguna vez notan que se les ha endurecido la mirada, que cuando ven a la gente sienten fastidio o no sienten nada, vuelvan a mirarla a ella; mírenla con los ojos de los más pequeños de su gente, que mendiga un regazo, y ella les limpiará la mirada de toda «catarata» que no deja ver a Cristo en las almas, les curará toda miopía que vuelve borrosas las necesidades de la gente, que son las del Señor encarnado, y de toda presbicia que se pierde los detalles, «la letra chica» donde se juegan las realidades importantes de la vida de la Iglesia y de la familia.

Otro «modo de mirar de María» tiene que ver con el tejido: María mira «tejiendo», viendo cómo puede combinar para bien todas las cosas que le trae su gente. Les decía a los obispos mexicanos que, «en el manto del alma mexicana, Dios ha tejido, con el hilo de las huellas mestizas de su gente, el rostro de su manifestación en la Morenita» (ibíd.) Un maestro espiritual enseña que lo que se dice de María de manera especial, se dice de la Iglesia de modo universal y de cada alma en particular (cf. Isaac de la Estrella, Sermón 51: PL 194, 1863). Al ver cómo tejió Dios el rostro y la figura de la Guadalupana en la tilma de Juan Diego podemos rezar contemplando cómo teje nuestra alma y la vida de la Iglesia. Dicen que no se puede ver cómo está «pintada» la imagen. Es como si estuviera estampada. Me gusta pensar que el milagro no fue sólo «estampar o pintar la imagen con un pincel», sino que «se recreó el manto entero», se transfiguró de pies a cabeza, y cada hilo ―esos que las mujeres aprenden a tejer desde pequeñas, y para las prendas más finas usan las fibras del corazón del maguey (la penca de la que se sacan los hilos)―, cada hilo que ocupó su lugar fue transfigurado, asumiendo los detalles que brillan en su sitio y, entretejido con los demás, de igual manera transfigurados, hacen aparecer el rostro de nuestra Señora y toda su persona y lo que la rodea.La misericordia hace eso mismo, no nos «pinta» desde fuera una cara de buenos, no nos hace el photoshop, sino que, con los hilos mismos de nuestras miserias y pecados, entretejidos con amor de Padre, nos teje de tal manera que nuestra alma se renueva recuperando su verdadera imagen, la de Jesús. Sean, por tanto, sacerdotes «capaces de imitar esta libertad de Dios eligiendo cuanto es humilde para hacer visible la majestad de su rostro y de copiar esta paciencia divina en tejer, con el hilo fino de la humanidad que encuentren, aquel hombre nuevo que su país espera. No se dejen llevar por la vana búsqueda de cambiar de pueblo, como si el amor de Dios no tuviese bastante fuerza para cambiarlo» (Discurso a los obispos de México, 13 febrero 2016).

El tercer modo es el de la atención: María mira con atención, se vuelca toda y se involucra entera con el que tiene delante, como una madre cuando es todo ojos para su hijito que le cuenta algo. «Como enseña la bella tradición guadalupana, la Morenita custodia las miradas de aquellos que la contemplan, refleja el rostro de aquellos que la encuentran. Es necesario aprender que hay algo de irrepetible en cada uno de aquellos que nos miran en la búsqueda de Dios. Toca a nosotros no volvernos impermeables a tales miradas. Custodiar en nosotros a cada uno de ellos, conservarlos en el corazón, resguardarlos. Sólo una Iglesia capaz de resguardar el rostro de los hombres que van a tocar a su puerta es capaz de hablarles de Dios. Si no desciframos sus sufrimientos, si no nos damos cuenta de sus necesidades, nada podremos ofrecerles. La riqueza que tenemos fluye solamente cuando encontramos la poquedad de aquellos que mendigan, y dicho encuentro se realiza precisamente en nuestro corazón de pastores» (ibíd.). A sus obispos les decía que estén atentos a ustedes, sus sacerdotes, «que no los dejen expuestos a la soledad y al abandono, presa de la mundanidad que devora el corazón» (ibíd.). El mundo nos observa con atención pero para «devorarnos», para volvernos consumidores… Todos necesitamos ser mirados con atención, con interés gratuito, digamos. «Ustedes estén atentos ―les decía a los obispos― y aprendan a leer las miradas de sus sacerdotes, para alegrarse con ellos cuando sientan el gozo de contar cuanto “han hecho y enseñado” (Mc 6,30), y también para no echarse atrás cuando se sienten un poco rebajados y no puedan hacer otra cosa que llorar porque “han negado al Señor” (cf. Lc 22,61-62), y también para sostener […], en comunión con Cristo, cuando alguno, abatido, saldrá con Judas “en la noche” (cf. Jn 13,30). En estas situaciones, que nunca falte la paternidad de ustedes, obispos, para con sus sacerdotes. Animen la comunión entre ellos; hagan perfeccionar sus dones; intégrenlos en las grandes causas, porque el corazón del apóstol no fue hecho para cosas pequeñas» (ibíd.)

Por último, María mira de modo «íntegro», uniendo todo, nuestro pasado, presente y futuro. No tiene una mirada fragmentada: la misericordia sabe ver la totalidad y capta lo más necesario. Como María en Caná, que es capaz de «compadecerse» anticipadamente de lo que acarreará la falta de vino en la fiesta de bodas y pide a Jesús que lo solucione, sin que nadie se dé cuenta, así toda nuestra vida sacerdotal la podemos ver como «anticipada por la misericordia» de María, que previendo nuestras carencias ha provisto todo lo que tenemos. Si algo de «vino bueno» hay en nuestra vida, no es por mérito nuestro sino por su «misericordia anticipada», esa que ya en el Magníficat canta cómo el Señor «miró con bondad su pequeñez» y «se acordó de su (alianza de) misericordia», una «misericordia que se extiende de generación en generación» sobre sus pobres y oprimidos . La lectura que hace María es la de la historia como misericordia.

Podemos terminar rezando la Salve Regina en cuyas invocaciones late el espíritu del Magnificat. Ella es la Madre de la misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra. Sus ojos misericordiosos son los que consideramos el mejor recipiente de la misericordia, en el sentido de poder beber en ellos esa mirada indulgente y buena de la que tenemos sed como sólo se puede tener sed de una mirada. Esos ojos misericordiosos son también los que nos hacen ver las obras de la misericordia de Dios en la historia de los hombres y descubrir a Jesús en sus rostros. En ella encontramos la tierra prometida —el reino de la misericordia instaurado por nuestro Señor― que viene, ya en esta vida, después de cada destierro al que nos arroja el pecado. De su mano y bajo su mirada podemos cantar con alegría las grandezas del Señor. Podemos decirle: Mi alma te canta, Señor, porque miraste con bondad la humildad y pequeñez de tu servidor. Feliz de mí, que he sido perdonado. Tu misericordia, la que practicaste con todos tus santos y con todo tu pueblo fiel, también me ha alcanzado a mí. He andado disperso, buscándome a mí mismo, por la soberbia de mi corazón, pero no he ocupado ningún trono, Señor, y mi única exaltación es que tu Madre me alce a su regazo, me cubra con su manto y me ponga junto a su corazón. Quiero ser amado por ti como uno más de los más humildes de tu pueblo, colmar con tu pan a los que tienen hambre de ti. Acuérdate, Señor, de tu alianza de misericordia con tus hijos, los sacerdotes de tu pueblo. Que con María seamos signo y sacramento de tu misericordia.

 

MARÍA, MADRE DE MISERICORDIA, en S. JUAN DE ÁVILA

(Selección) “Cuando nos dicen de la Virgen … que tiene puestos en nosotros sus ojos de misericordia, esto nos agrada y satisface más. ¿Quién será tan desagradecido que no os agradezca esto, y tan triste que no se alegre en veros misericordiosa?” (Sermón 58, n.1-2).

“Mas todo lo que en ella hay es blandura, no sólo para los justos que andan en lumbre, mas como luna perfecta y hermosa, llena de misericordia… y tan cercana para nuestro remedio, que [a] ninguna pura criatura en la tierra ni en el cielo tan presto le tocan nuestras miserias como a su virginal corazón, tan rico en misericordia, que la llama la Iglesia Madre de misericordia … y esta piadosa Señora está diputada por Dios para socorro de atribulados, y es universal limosnera de todas las misericordias que Dios hace a los hombres” (Sermón 60, Natividad de María, n.18).

“Ten, hermano, confianza en esta Virgen sagrada, que si tú quieres llamarla con ruegos, hacerla servicios, implorar su misericordia y oficio de interceder, sentirás que ni ella es sorda para oírte ni tus oraciones y servicios saldrán en balde” (Sermón 60, n.24).

“Señora, ponemos nuestras heridas para que las curéis, pues sois enfermera del hospital de la misericordia de Dios, donde los llagados se curan… creemos que os dotó Dios de tanta misericordia, que vuestra limpieza y pureza no se desdeña ni alanza de sí a los pecadores llagados, mas que cuanto es mayor su necesidad, tanto más vuestra misericordia os mueve a su remedio” (Sermón 60, n.32).

“Pues para tal día como este de la encarnación de Dios, tal mañana se requiere como la bienaventurada Virgen… ella es alba saludable; si día de misericordia, ella es madre de misericordia; si día de gracia, ella es madre de gracia” (Sermón 61 – natividad – , n.6).

“Es muy grande la misericordia de la Virgen, a muchos se extiende: para todos los que la llaman” (Sermón 62, n.48).

… “el día de la Purificación o Presentación; y compró un par de tórtolas o palominos como pobre, porque el oro que los reyes le habían dado ya lo había, como misericordiosa, expendido a pobres” (Sermón 64, n.4).

“Y aquel tiene a la Virgen, que tiene a su Hijo o lo quiere tener; el que está en gracia le tiene. Y quien gime sus pecados y los confiesa también le tendrá; que no sólo la Virgen es Madre de los justos, mas también abogada para alcanzar perdón al pecador” (Sermón 66, Visitación, n.17).

“Llama a San Juan: ­Di, hijo mío, ¿adónde están mis hijos? Vuestros hermanos, ¿dónde están? Los racimos de mi corazón, los pedazos de mis entrañas, ¿adónde están? … traédmelos, que yo les prometo perdón de mi Hijo … Calla, hermano, que perdonarte ha; ¿no conoces ya su misericordia? La Madre me ha prometido de alcanzar perdón… no hayas vergüenza” (Sermón 67, Soledad n.42-43).

“En sus entrañas tiene, aun estando en el cielo, entrañable compasión de nosotros … ¡Oh Virgen para siempre bendita! ¡Oh Madre de misericordia!” (Sermón 68, nn.18 y 20).

“Mas tengo hijos en el mundo, la salvación de los cuales deseo con muy amoroso y maternal corazón… no he perdido la compasión de ellos ni el deseo de su salvación que tenía en el mundo, antes se me ha acrecentado, porque el Señor me ha acrecentado la caridad” (Sermón 69, Asunción, n.39).

“De la Virgen se dice que estaba con Dios componiendo todas las cosas (Prov 8,30)… teniendo el sello de su misericordia abierto para recibir a todos… Mas no por eso en el día de su grande honra se olvida de los pobres hijuelos que son los cristianos, y desea que la llamásemos y pidiésemos misericordia y que supiésemos que tiene poder para nos la alcanzar de su Hijo bendito” (Sermón 71, Asunción, n.27).

“Corazón de madre tiene la Virgen contigo… las riquezas que ha enviado la Virgen a sus pobres hijos que en la tierra tenía, alcanzando a unos perdón de pecados por graves que fuesen, librando a otros de penosas y graves tentaciones, dando consuelo a los tristes, conforte a los de flaco corazón … Acuérdate de estas y otras muchas misericordias que ha hecho a los que de verdad la llaman” (Sermón 71, Asunción, n.29).

 

LA MADRE DE JESÚS EN NUESTRA COMUNIDAD FAMILIAR

“Él mismo (Jesús) a los doce años responde a María y a José que tiene otra misión más alta que cumplir más allá de su familia histórica (cf. Lc 2,48-50)” (Amoris Laetitia, n.18).

“Como María, (las familias) son exhortadas a vivir con coraje y serenidad sus desafíos familiares, tristes y entusiasmantes, y a custodiar y meditar en el corazón las maravillas de Dios (cf. Lc 2,19.51). En el tesoro del corazón de María están también todos los acontecimientos de cada una de nuestras familias, que ella conserva cuidadosamente. Por eso puede ayudarnos a interpretarlos para reconocer en la historia familiar el mensaje de Dios” (Amoris Laetitia, n.30)

“Necesitamos sumergirnos en el misterio del nacimiento de Jesús, en el sí de María al anuncio del ángel, cuando germinó la Palabra en su seno; también en el sí de José, que dio el nombre a Jesús y se hizo cargo de María; en la fiesta de los pastores junto al pesebre, en la adoración de los Magos; en fuga a Egipto, en la que Jesús participa en el dolor de su pueblo exiliado, perseguido y humillado… Y luego, penetrar en los treinta largos años donde Jesús se ganaba el pan trabajando con sus manos, susurrando la oración y la tradición creyente de su pueblo y educándose en la fe de sus padres, hasta hacerla fructificar en el misterio del Reino” (Amoris Laetitia, n.65).

“(A las madres) Ocúpate de lo que haya que hacer o preparar, pero sin obsesionarte, y alaba como María: «Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador; porque ha mirado la humillación de su sierva» (Lc 1,46-48). Vive ese sereno entusiasmo en medio de tus molestias, y ruega al Señor que cuide tu alegría para que puedas transmitirla a tu niño” (Amoris Laetitia, n.171).

«¿No es este el hijo del carpintero?» (Mt 13,55). Esto confirma que era una familia sencilla, cercana a todos, integrada con normalidad en el pueblo. Jesús tampoco creció en una relación cerrada y absorbente con María y con José, sino que se movía gustosamente en la familia ampliada, que incluía a los parientes y amigos” (Amoris Laetitia, n.182).

“No sería bueno que se llegue al casamiento sin haber orado juntos, el uno por el otro, pidiendo ayuda a Dios para ser fieles y generosos, preguntándole juntos a Dios qué es lo que él espera de ellos, e incluso consagrando su amor ante una imagen de María” (Amoris Laetitia, n.216)

“Otro camino de acercamiento (a las familias) es la bendición de los hogares o la visita de una imagen de la Virgen, que dan la ocasión para desarrollar un diálogo pastoral acerca de la situación de la familia” (Amoris Laetitia, n.230)

«Es hermoso cuando las mamás enseñan a los hijos pequeños a mandar un beso a Jesús o a la Virgen. ¡Cuánta ternura hay en ello! En ese momento el corazón de los niños se convierte en espacio de oración»” (Amoris Laetitia, n.287; cita catequesis).

“Se pueden encontrar unos minutos cada día para estar unidos ante el Señor vivo, decirle las cosas que preocupan, rogar por las necesidades familiares, orar por alguno que esté pasando un momento difícil, pedirle ayuda para amar, darle gracias por la vida y por las cosas buenas, pedirle a la Virgen que proteja con su manto de madre” (Amoris Laetitia, n.318).

(Final) Oración a la Sagrada Familia: Jesús, María y José, en vosotros contemplamos el esplendor del verdadero amor, a vosotros, confiados, nos dirigimos… escuchad, acoged nuestra súplica. Amén.